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lunes, 10 de junio de 2013

Castillo de San Servando. Leyenda del peregrino

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Castillo de San Servando. Toledo
La leyenda del Peregrino


La leyenda del castillo de San Servando. El peregrino.

Está situado estratégicamente sobre un cerro desde donde se divisaba una antigua vía romana que unía  Zaragoza con Córdoba.

Su enclave, a orillas del río Tajo, a sido testigo de muchas civilizaciones, fue utilizado primero por los romanos,
 luego visigodos, musulmanes y judios que fueron habitantes frecuentes
 en estas tierras.

Aún así, como castillo, tal y como lo conocemos hoy, lo construyó Alfonso VIII, quien mas tarde se lo entregó a los Templarios.

Existen muchas leyendas sobre este castillo, pero hay una, cuyo protagonista es un templario injusto y desleal, que hoy os voy a contar.

Don Nuño Alvear era un malvado templario, sanguinario y sádico que utilizaba su poder y situación para abusar de los mas débiles.

Una fría y lluviosa noche, en la que rugían los vientos sobre las almenas del castillo, se encontraba D. Nuño de guardia.


Permanecía sentado frente a una chimenea en una pequeña estancia, mientras hacía su turno.

Se hallaba quieto, tranquilo, en ese punto de duerme-vela, cuando le pereció oír una profunda voz que le llamaba desde lejos.

Al poco, tocaron a las puertas del castillo, y se oyeron voces desde el patio de armas.

Don Nuño distinguió una voz de extraño acento, que suplicaba cobijo.

Minutos mas tarde, se presentó ante él un viejecillo de pelo y barba blanca que apoyado sobre un báculo de peregrino, arrastraba penosamente sus pies descalzos sobre las losas, se fue acercando despacio hasta él mientras le decía:

-Por fin me presento ante vos.

Don Nuño se estremeció al verlo, y al momento se puso en pie:

-¿De donde venís y a donde os dirigís? pregunto tenso.

El visitante que seguía acercándose despacio, contestó pausadamente:

-De donde vengo es un enigma, pero allí he de regresar de nuevo.

Don Nuño comenzó a temblar, el miedo empezaba a paralizar todos los músculos de su cuerpo, aún así preguntó:

Decidme, ¿quien sois y a que habéis venido?

A lo que el viejo respondió tranquilo:

A por vos. O mejor aún, a por vuestra alma, que escapa de vuestro pecho como el humo escapa de la llama. Ahora estáis en mis manos.

¡Soy vuestra muerte!

El Templario, invadido por un mortal escalofrío, quiso gritar pidiendo ayuda, pero ningún sonido salió de su garganta.

-Es inútil, le dijo el peregrino,
en vuestro pecho no queda fuerza para el mas leve soplo. 
Debéis afrontar vuestro destino.

Don Nuño, con un hilo de voz, le suplicó:

-¡Os lo ruego, dejadme!

Pero el viejo, con voz inalterable le contesto:

De nada sirven vuestros ruegos ante los testimonios
de los que se os acusan ante Dios.
¡Mirad!:

Entonces, entre las llamas de la chimenea, comenzaron a salir rostros, caras y escenas que Don Nuño conocía demasiado bien.

Musulmanes crucificados y muertos por su espada,
doncellas despeñadas por precipicios al negarse a satisfacer sus deseos, pacíficos peregrinos que huían corriendo humeantes y en carne viva al serle derramado aceite hirviendo desde las almenas del castillo.

Todas las escenas fueron revividas por Don Nuño,
que cayó al suelo envuelto en fuertes convulsiones,
sintiendo como le ardían sus propias entrañas,
su corazón se desbocaba y un zumbido retumbó en su cerebro cegando su visión.

Al amanecer, un soldado entró en la habitación donde encontró a Don Nuño muerto, tirado en el suelo, con cara de horror y manando sangre por sus ojos, oídos y boca.

Nadie volvió a saber nada del misterioso peregrino,
nunca le volvieron a ver.

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