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lunes, 30 de septiembre de 2013

La leyenda del Castillo de la Estrella

Leyendas Españolas. Viajes por España.

La leyenda del Castillo de la Estrella 


Este Castillo está en el pueblo de Montiel,
en la provincia de Ciudad Real.

Aquí fue asesinado Pedro I, el cruel.

Fue construido en el S. XI por los arabes.

Mas tarde el rey Pedro I, el cruel, lo habilitó, construyendo túneles y pasadizos subterráneos que daban salida al cerro de San Polo.

Así podían escapar fácilmente en caso de asedio.

La leyenda del Castillo de la Estrella
La leyenda del Castillo de la Estrella 


Del rey Pedro I, se decía:

 “Era alto, blanco, rubio, e ceceaba un poco en la fabla.
Era muy cazador de aves.
Fue muy sufrido de trabajos.
Era muy temprado e bien acostumbrado en el comer e beber.
Dormía muy poco e amó muchas mujeres.
Fue muy trabajador en guerra.
Fue codicioso de allegar tesoros e joyas...
E mató a muchos en su regino,
por lo cual le vino todo el daño que avedes oído”

Se decía de él que era cruel y justiciero,
que tenía una personalidad paranoica y obsesiva.


Esto era debido, sin duda, a una infancia abandonada y alejada de su padre Alfonso XI y de la corte, como ya comentamos en la historia de Talavera de La Reina.

También comentamos su cruel comportamiento con Dña. Blanca de Borbon en la Leyenda del Castillo de Sigüenza

Cuando fue nombrado rey, comenzó a impartir su justicia, empezando con matar a la antigüa amante de su padre, sin duda empujado por el odio de su madre Dña. María de Portugal hacia esta mujer.

Esto hizo que sus 10 hijos ilegitimos de AlfonsoXI, "Los Trastamara", se levantaran en una terrible guerra civil.

Algunos fueron muertos y asesinados, lo que hizo que Enrique de Trastamara, mas tarde Enrique II de Castilla, se levantara en armas en contra de su hermano.

Fue conquistando plazas y formando un potente ejército.

Tras muchas disputas, Pedro I quedó acorralado en el Castillo de Montiel, había reunido un gran ejército de castellanos, moros y judíos, que luchaban por su causa.

Era consciente de que su medio hermano gobernaba ya la mitad del reino.

Bajo las almenas del castillo de La Estrella 

se libró la cruel Batalla de Montiel. 

Sitiado en el castillo, Pedro el Cruel intentó una salida desesperada, negociando una rendición por separado con Beltrán Duguesclín, a quien consideraba más accesible.

El militar francés pareció acordar con él y le prometió la fuga, pero, en vez de sacarlo a campo abierto, lo condujo directamente al campamento de Enrique.

Una vez frente a frente ambos hermanos, se arrojaron el uno contra el otro con intenciones homicidas: Pedro logró derribar a Enrique y se disponía a matarlo cuando Du Guesclin , hombre de gran fortaleza física,  tomó al rey de los pies y consiguió hacerlo caer.

Ya Enrique encima de su hermano, apuñaló al monarca repetidamente.

Ante la muda acusación de traición en los ojos de Pedro, el general francés pronunció sus célebres palabras:

"Ni quito ni pongo al rey, pero ayudo a mi señor".

Ya muerto Pedro, su hermano le cortó la cabeza, arrojandola al camino, despues colgo el cuerpo mutilado en las murallas del castillo de Montiel.

     Se cuenta que el Rey Don Pedro,
llevaba con él un gran tesoro y cuando se vio acorralado por su hermanastro Don Enrique de Trastámara y el ejercito que le acompañaba,
 mandó a sus soldados esconder el tesoro en el Castillo
de la Estrella.

Cuando el tesoro ya estaba bien escondido, el mismo mató a los
soldados que lo escondieron para que no pudieran revelar donde estaba.

La leyenda dice que el tesoro está todavía escondido en el Castillo,
y que nunca fue encontrado.

Otra leyenda cuenta como una maldición pendía sobre la cabeza de D. Pedro.


Todo aconteció bien por un lío de faldas o por desafiar al entonces alcalde de la ciudad, quien afirmaba que en la ciudad no se cometía ningún delito que quedase sin castigo, cosa  que el monarca quiso comprobar.

Caminaba solo por la ciudad embozado en su capa cuando se encontró con un rival directo: uno de los Guzmanes, hijo del Conde de Niebla, familia que apoyaba a Enrique de Trastámara.

Un mal encuentro que por supuesto acabó en choque de espadas.
Un duelo nocturno, que acabó en la muerte del miembro de los Guzmanes.

Y una testigo que vio entre tinieblas y oyó desde la ventana lo sucedido: 
una anciana que se asomó alarmada por el ruido de aceros; alumbrándose con un candil pudo distinguir que el matador era un hombre rubio, que ceceaba al hablar y al que le sonaban las rodillas al andar como si entrechocaran nueces, o sea, el mismísimo rey.

Por miedo a ser descubierta se retiró precipitadamente de la ventana, lo que provocó que el candil con el que se alumbraba cayera a la calle y fuera descubierto por los alguaciles, que dedujeron lo sucedido y la detuvieron.

Con el tiempo se ha podido demostrar gracias a un estudio médico, sobre los restos de Pedro I (enterrado en la Capilla Real de la Catedral de Sevilla), que debido a una parálisis cerebral infantil, el monarca sufrió un desarrollo físico incompleto en algunas partes del cuerpo: las piernas.

Como era de esperar, al día siguiente los Guzmanes exigieron justicia, a lo que el rey contestó prometiendo la cabeza del culpable en el lugar del asesinato.

Fue la misma anciana quien al cabo de unos días llevaron para atestiguar, aunque se negó a hacerlo, por temor a represalias.

En un momento, el rey llamó a la anciana a su presencia y le dijo al oído
"Di a quien viste y no te ocurrirá nada; te doy mi palabra".

La anciana, ante la promesa del rey se tranquilizó, y pidió a este que le trajesen un espejo.

Se situó justo delante del rey con el espejo frente a este y le dijo:
"Aquí tenéis a vuestro asesino".

El rey digamos que cumplió a su manera la promesa de cortar la cabeza del asesino.

Mandó colocar una caja de madera en el lugar del suceso, en la cual, aseguraba a los ofendidos Guzmanes, se guardaba la cabeza del asesino y ordenó que esta no se abriese hasta el día de su muerte, siendo vigilada día y noche.

Al morir Pedro I se abrió la caja y cual fue la sorpresa de todos al encontrar en ella un busto del monarca. 

Aún a día de hoy aún está visible y da nombre a la calle Cabeza del rey don Pedro.


A la calleja que se encuentra frente al busto, en la que se supone que vivía la testigo, sobre una carbonería, se la llamó Candilejo, denominación que aún perdura.


Pero el destino es caprichoso y parece dar a cada uno lo suyo; ocho años más tarde,  le cortaron la cabeza.