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viernes, 13 de septiembre de 2013

La leyenda del Castillo de Garcimuñoz

 Leyendas Españolas. Leyendas y Mitos.

La leyenda del Castillo de Garcimuñoz

Castillo de Garcimuñoz

Este castillo se encuentra en Cuenca, 
en el kilómetro 156 de la autovía del Este A3.

De él se cuenta  que ya en 1172 estaba ocupado por los cristianos cuando las tropas almohades, que se dirigían imparables hacia la ciudad de Huete, lo tomaron por sorpresa, mataron a sus hombres y esclavizaron a mujeres y niños.

 En 1177, el rey Alfonso VIII conquista la ciudad de Cuenca y también este el castillo, que tomó entonces el nombre del caballero, García Muñoz, que acompañaba al rey.

El caballero fue nombrado alcaide del Castillo y encargado de su repoblación.
En lo sucesivo, se le denominó Castillo de Garcimuñoz

En 1445 la situación política en España era muy complicada. 

Los nobles no aceptaban la autoridad del rey.

En este momento apareció Don Juan Pacheco, Marqués de Villena.


Su poder estaba muy igualado al del rey Don Juan II y al de su hijo Enrique IV que eran meros representantes del trono.

Don Juan Pacheco construyó una nueva fortaleza en Garci Muñoz (1456).

Y la leyenda que hoy os vamos a contar transcurrió en esta época.

Cuentan, que el tercero o cuarto Marqués de Villena, tuvo una hija de singular belleza, en quien su padre dejaba todo el orgullo de su ilustre alcurnia.

Rubia y delicada, de tez blanquísima y ojos azules y dulces.


El Marqués tenía a su servicio varios pajes, todos descendientes de las más nobles familias del Reino.

Su favorito era el joven D. Enrique, por ser hijo de un gran amigo fallecido.

Los azares de guerras le dejaron en extrema pobreza, al confiscarle sus cuantiosos bienes, cosa muy corriente en aquellos tiempos.
El Marqués esperaba conseguir con la belleza de su hija un enlace ventajoso, ya que era considerada como una de las damas más hermosas de su tiempo.

Y ellos, los señores más poderosos.

Pero la joven Dª. Isabel, que así se llamaba, había crecido al lado de D. Enrique y se había creado entre ellos un fuerte vínculo de amor y amistad sin que ni ellos mismos se dieran cuenta.

Como la fama de la bellísima Dª. Isabel, corrió por todo el Reino, fueron muchos los nobles caballeros que aspiraron a su mano. Y un día.....

Se organizó una gran cacería en el Castillo.

Toda la nobleza fue invitada y era enorme la afluencia de coches blasonados y muchas damas y altos dignatarios y caballeros.

Cuando terminó la cacería y las fastuosas fiestas que la siguieron, varios caballeros pidieron en matrimonio a tan gentil y bella dama.

El Marques de Villena eligió a un importante Duque, que aunque doblaba en edad a la joven, su riqueza y poderío traería grandes ventajas a la familia y sin duda sabría hacer feliz a su hija.

Cuando se lo comunicó a Dª. Isabel, su reacción fue inmediata.

Se negó rotundamente, ya que aunque dulce y bellísima, había heredado el carácter belicoso de su familia, y dejando al pobre Marques con la palabra en la boca cogió un caballo y salió cabalgando por el camino del castillo hacia una fuente cercana donde siempre iba cuando quería calmar su rebelde espíritu.

Cuando se vio sola y alejada de las miradas de todos comenzó a llorar desesperada.

El joven paje D. Enrique, que la había visto salir de aquella manera, la había seguido, y silenciosamente se acerco y se sentó a su lado.


Cuando la joven dama se hubo calmado le dijo:

-No es necesario que me contestéis.
Lo sé todo.
Vuestra doncella, me lo ha contado.
Y  ahora, yo, diera gustoso por vos mi vida...

En ese punto y momento los dos jóvenes comprendieron el amor que se tenían y que ni todo el oro del mundo lo podría romper.

El paje le dijo:

Adiós, mi señora.
Puesto que ya conocéis lo que siento por vos, no me guardéis rencor. Compadeceos de mí, seguid vuestro alto destino, y recordad tan sólo, que si alguna vez necesitáis una vida, un hombre que por vos muera, ¡hacedme el honor de acordaros de Enrique...!

Y cogiendo una mano de Isabel, la besó apasionadamente, montó en su corcel y partió a galope, dejando a la niña confusa, halagada y sorprendida al descubrir sus propios sentimientos.

Ya mas calmada volvió al castillo, buscó a su padre y le comunico su decisión.

No se casaría con el Duque ni con nadie, amaba al joven Enrique y no se casaría con nadie sino era con él.

El padre muy disgustado, se enfadó muchísimo y la mando encerrarse en sus habitaciones y que no saliera de allí hasta que él no lo dispusiera.

Lleno de ira mandó buscar al joven paje para encerrarlo en la mas oscura de sus mazmorras.

Por suerte D. Enrique no se hallaba por allí, ya que había partido a caballo, nadie sabía donde.


Dña. Isabel mandó a su doncella mas fiel para que estuviera pendiente de su regreso.

Entonces le entrego una nota que decía:

 "Don Enrique, mi padre se vengará de los dos, en especial de vos.
Porque yo también os amo con toda mi alma.
Huid, por Dios, que El nos protegerá.
No perdáis momento, si no queréis perecer en una mazmorra.
Guardad mi recuerdo, como yo eternamente guardare el vuestro.
Isabel."

Cuando el joven lo leyó, monto en su caballo y desapareció como una flecha.

Poco tiempo después, un pastorcillo le entregó otra nota a la misma doncella.

Decía así:

"Señora mía y dulce Isabel: partiré para Flandes o Italia.
Vuestro recuerdo va en mi corazón.
Volveré poderoso y lleno de honores, o moriré en campaña.
Esperadme, si sois tan buena que podáis hacerlo y tan valiente que lo podáis resistir.
Si no volviera, rezad por mí, porque es que habré muerto con vuestro nombre en los labios.
Pero no.
Aunque no lo merezca, lo merecéis vos.
Volveré triunfante y poderoso.
Podré recuperar mi hacienda usurpada y entonces, nada tendrá que oponer vuestro padre a nuestra unión.
Os ama mil veces más que a su vida, vuestro fiel esclavo, Enrique."


Desde entonces, esta carta fue el único tesoro de Dña. Isabel.

La cual se aferró a la idea de permanecer soltera y firme
en su amor por D. Enrique.

Su padre furioso le dijo que permanecería encerrada en el castillo hasta que no cambiara de opinión.

Así que ella misma se encerró en sus habitaciones, se dedicó a bordar y a mirar por la ventana el camino por donde se había ido su amado.

Pasaron tres años y la gente empezó a hacer cábalas y a preguntarse: ¿Por qué estará prisionera la niña...? ¡Siempre se le ve junto a su ventana bordar y bordar...


Llegó a ser popular por entonces y por aquel pueblo,
un romance que cierta noche oyera Isabel:

Borda que borda la dama,
mira que mira el camino;
y van pasando los años,
y no llega el peregrino...

Y ella, palidecía y lloraba en silencio.

Otros tres años pasaron, sin que Isabel tuviera noticias
de D. Enrique, hasta que un día llegó al castillo un juglar.

No hizo las señales de rigor para que se tendiera el puente.

A eso del filo de la media noche, se oyó un laúd que desgranaba dulces notas.

A poco una bien timbrada voz, cantó bajo la ventana de Isabel:

Dama de cabellos de oro,
la de la frente de nieve,
por la que pena y adora,
la que por él tal vez muere...
Cesen las penas amargas
señora de sus ensueños,
que ya viene desde Flandes,
el que ha de ser vuestro dueño.
Ni un minuto os olvidó:
ni os fuisteis de su memoria.
Hoy es grande y poderoso.
Viene a ofreceros su gloria.
Que ya se acerca el momento,
no os fatigue el esperar.
¡Os queda toda una vida,
para poderos amar...!

Esta última estrofa, la repitió el cantor dos veces.

Isabel lloraba de alegría.

Isabel vivió por primera vez, desde hacia siete años, días de intensa emoción y alegría.

Volvió a mirarse al espejo con cuidado, en afán de estar bonita, como cuando él partió.

Con pena vio, que los hermosos colores que huyeron hacía tiempo de su rostro, no volvían a aparecer.

El azul de sus ojos se había oscurecido y su mirada era triste y profunda, llena de dolor y nostalgia.

Los labios, descoloridos, mostraban al sonreír unos dientes blancos e iguales sobre encías blanquecinas.

La pobre Isabel, acostumbrada a la vida sana, movimiento y continuos paseos a caballo, encerrada hacía siete años en las habitaciones del castillo, había perdido la salud.

Un día su doncella vio espantada que su linda y gentil señora, teñía de rosa los pañuelos cuando tosía.

Y llamó al medico.

-Es gravísima su dolencia. Sentenció.
Tiene un pulmón totalmente deshecho, y el otro, ya va en buenas...
No creo que pueda salvarla.


Por los caminos que conducen a Castillo de Garcimuñoz, alegremente marcha una tropa compuesta de unos quinientos hombres.

Los capitanea D. Enrique, que monta brioso corcel, regiamente enjaezado.

Don Enrique es ya un hombre en la plenitud de su lozana juventud: treinta años.

Su hermosura varonil llama tanto la atención, como su apostura y bizarría.

Como un león se batió en Italia y Flandes y mereció las más altas recompensas.


Había recuperado todas sus tierras y honores, por gracia de los Reyes y justicia debida a su noble estirpe.

Se revisaron todas las actuaciones antiguas y ganó el pleito.

Traía concesión especial del Rey para desposarse con Isabel de Villena.

Ya nada podría objetar el altivo Marqués.

Era tan rico o más que su hija.

Cuando por fin apareció el Castillo en su imponente grandeza y severa majestad.

Llegaron a sus oídos el sonido de las campanas.

Pero, ¡ay! que no es de alegre repique que él desearía;
sino que tañen tristemente a muerto.

¡Y son todas las campanas...!

Alguien de categoría debía haber fallecido.

El corazón le dio vuelcos de dolor y negros presentimientos
le punzaron en el alma.

Y a galope tendido llegaron a las puertas del castillo, completamente abierto, sin que nadie les preguntara nada ni les dijera una sola palabra.

El triste continente de todos, bien a las claras anuncia el duelo.

Los servidores del Marqués, en dos filas, de riguroso luto, con hachones encendidos, dan escolta a la fúnebre comitiva, que sale entonces justamente.

Llevan una caja forrada de raso blanco.

Un coche blanco, con caballos blancos también, con enormes penachos de plumas como la nieve, espera a dos pasos, un poco más allá.

A D. Enrique le han cogido de ambos brazos, sus dos fieles amigos, Capitanes que le acompañaron en sus horas difíciles en Italia y Flandes.

Casi a la fuerza tratan de retirarlo.

Otro amigo, comprendiendo lo que ocurre, da ordenes a la tropa de volver atrás.

-¡Alto!- dice dominándose D. Enrique.
Formaos correctamente en dos filas, porque vamos a acompañar al entierro.

Con profundísimo dolor, aquellos valientes y bizarros soldados, que aún traían en sus ropas polvo de las victorias obtenidas en lejanas tierras, acompañaron al blanco féretro donde dormía una virgen, en vez de asistir a unos desposorios, casi regios y felices.

Solamente D. Enrique fue buscado por la doncella, que le aseguró que Isabel murió santamente, con su nombre en los labios, ofreciendo a Dios sus sufrimientos y muerte, por la felicidad del ser que tanto amaba.

-Dile si lo ves-¡porque él vendrá, estoy segura!-
que en el cielo rogaré por él y que allí lo espero.

Lágrimas de fuego vertió aquel titán, ante las pocas palabras de la doncella.

Empezaba a clarear por el oriente,
cuando los visitantes abandonaron el sagrado recinto.


Del brazo de sus amigos salió D. Enrique, al que los sollozos ahogaban.

Inmensa piedad sintieron los de Castillo de Garcimuñoz contemplando al apenado galán, que en vez de una novia sonriente y prometedora, encontró una caja blanca, con la muerta querida, bellísima y encantadora, que aún parecía sonreírle desde su ataúd, dulcemente......