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lunes, 21 de octubre de 2013

El Castillo y La Conjura contra el señor de Bedmar

Leyendas de Castillos Españoles. Leyendas medievales.


El Castillo de Bedmar 





Bedmar es una localidad de la provincia de Jaén (España).

Está situada al oeste de la Serrezuela de Bedmar o Cuevas del Aire, en la parte noreste de Sierra Mágina.

Estas tierras han estado habitadas desde el Paleolítico y Neolítico.

Existen importantes yacimientos romanos y visigodos en esta zona, pero es en la Edad Media cuando Bedmar alcanza mayor notoriedad, por ser uno de los cruces de caminos de Baeza , Úbeda y hacia el Reino de Granada, y además frontera entre los reinos de Castilla y de Granada.


El Castillo Nuevo de Bedmar, construido a principios del siglo XV, se encuentra en la parte más alta de la población actual, y sustituyó a una fortificación musulmana más antigua, el Castillo Viejo, que estaba situado en la ladera oeste de la Serrezuela de Bedmar.

Se erige en la superficie de un peñasco alargado, en la falda de la sierra del mismo nombre. 


El patio de armas quedaba limitado por una serie de muros que son realces del podio rocoso sobre el que se delimita el conjunto. 

Estos muros siguen una línea quebrada que permite su defensa sin necesidad de torreones. 

El alcazarejo se alza en el extremo este del recinto. 

Delante de la entrada, que mira al noroeste, a nueves metros de distancia, un saledizo rocoso imposibilita el acceso en línea recta y obliga al posible asaltante a torcer a la derecha después de haber ofrecido el costado derecho a los defensores del adarve.

La entrada del alcazarejo tiene algo de faraónica en sus proporciones, después de atravesar un vano adintelado se accede a un pasaje en cuesta que conducía a las dependencias del castillo, salvando así el desnivel existente entre recinto exterior y alcazarejo.


Hacia el este, mirando al Castillo Viejo, hay un torreón cilíndrico adosado, el único del conjunto, desde el que se flanquea el lienzo de muro correspondiente. 

El castillo se atiene a las irregularidades del trazado rocoso y está ejecutado en sillería, especialmente perfecta en las cadenas de las esquinas y en los vanos y ventanas, cuya amplitud muestra las comodidades que, ya en el siglo XV, se van haciendo compatibles con la seguridad de las fortalezas. Algunos espacios estaban cubiertos con bóveda de medio cañón de ladrillo.

Quedan restos del antiguo Castillo Viejo de Bedmar, sobre la formidable cortada de la vertiente oeste de la Sierra de Bedmar. Forma una escuadra de ángulo muy abierto cuyos extremos se apoyan en la pared rocosa , protegido por un torreón .


Los restos de los muros del Castillo Viejo, están realizados en tapial de calicanto aunque luego se forraron de mampostería. Pegado a la pared rocosa de la peña también se han conservado los restos de un espacioso aljibe de calicanto al que se canalizaba la lluvia caída sobre el muro rocoso de la serrezuela. 

El castillo Viejo de Bedmar conectaba también con un complejo sistema de grutas, aprovechando una cueva natural cuya entrada se encuentra a unos veinte metros de altura.

El castillo controlaba la importante vía del río Jandulilla, que bordea Sierra Mágina y sale a Jódar y Bedmar.


La Conjura contra el señor de Bedmar




Castillo de Bedmar



Ocurrió a mediados del siglo XV producto de la codicia de un poderoso
señor que ansiaba apoderarse de los castillos de Albanchez, Solera y Bedmar, que se encontraban en manos cristianas.

No tuvo ningún reparo en pactar con los más desalmados mercenarios, ofreciéndoles oro e impunidad a cambio de estas valiosas plazas y de la cabeza del doncel, Don Luis de la Cueva, señor de Bedmar.

De esta manera, negoció con los más hábiles y experimentados, asiduos
participantes en razzias, a los que precedía su fama de bravos y temerarios.

Eran siete, los cuatro hermanos Calanchas,
los gemelos Córdoba y un tal Róquez.

Fue en el paraje de las Majadillas donde terminaron de perpetrar el plan
a seguir, guareciéndose del fuerte temporal bajo las enormes encinas que allí crecían vigorosamente.


Desde aquí se divisan los fértiles valles de los ríos Albanchez y Bedmar, así como los serpenteantes caminos que deberían seguir.

Así fue como estos pérfidos individuos partieron hacia los castillos en cuestión.

 Y no habían hecho más que emprender la marcha cuando llegaron al sitio
que llaman del Sollozar, a menos de media legua del castillo de Albanchez, y fue
aquí donde se deshizo el grupo.

El menor de los Córdoba tomó el camino del castillo de Solera, de cuyo alcalde era falso amigo.

Uno de los Calanchas se dirigió al castillo de Albanchez y los cinco que quedaron siguieron el camino hacia Bedmar, donde habitaba el joven Don Luis de la Cueva, heredero de un ilustre linaje y al que la fortuna reservaba una funesta jornada.


Don Luis estaba feliz por sus recién estrenados quince años y por los regalos obtenidos gracias a este hecho, sobre todo por el que le hizo su pariente el
Duque de Alburquerque: una magnífica espada de acero de Cuéllar.

Fingiendo que regresaban de una entrada en tierra de moros, descabalgaron
los cinco traidores en el patio del castillo de Bedmar, mientras que desde la escalera del Alcazarejo los saludaba el confiado Don Luis.


El embaucador Róquez informó al doncel de lo nefasta que había sido su
incursión en territorio árabe, argumentando que los sorprendieron los escuchas
que pronto dieron la voz de alarma, poniendo a todo el mundo en guardia, y no
tuvieron más remedio que volver a toda prisa con las manos vacías y con una
mula menos.

Le comentó que el motivo de su visita era presentar sus respetos y pedir
licencia para volver a la ciudad de Úbeda con una carga de sal, para que al venderla se mitigara su pobreza.



Tal como los traidores habían previsto, Don Luis mandó a uno de sus criados a que dijese al salinero que tuviese preparada una carga de sal, privilegiado
monopolio del señor.

Seguidamente pidió también casi con humildad que diese licencia al talabartero de Villavieja para que les vendiera una docena de cuerdas para los palos
de sus ballestas, alegando que las que tenían estaban en mal estado por culpa de la humedad.

Don Luis mandó a otro criado por las cuerdas.

Ya solo quedaba en el castillo un hombre capaz de manejar armas, que era el portero.

Las demás personas eran jovenzuelos y mujeres.

Dejando a Róquez que entretuviese con su conversación a Don Luis,
disimuladamente salieron los demás y se fueron a la entrada donde hirieron gravemente al portero en el vientre cuando intentaba impedir que cerrasen la puerta de la fortaleza.


Un pajecillo aguador que vio lo ocurrido corrió a dar aviso a Don Luis, pero ya llegaban los compinches de Róquez llevando a rastras al portero
que, agonizante, no paraba de quejarse.

Pensaban que Don Luis, como muchacho, se desanimaría viéndose solo y
con la puerta del castillo tomada, sin posibilidad de recibir auxilio.

Pero sucedió de otra manera, porque Don Luis, a la vista del espantoso
crimen de su criado, sintió el despertar de la fiereza heredada de sus ancestros,
hasta ese momento aletargada, y atacó con furia a los indeseables malhechores.


Aunque lo malhirieron en la refriega, ejercitó su espada con todos ellos.

Mató a cuatro y el quinto alcanzó milagrosamente sobrevivir unas horas para
contar el plan que traían.

Don Luis previno a los alcaides de Albanchez y Solera y los otros dos conjurados fueron prendidos y ahorcados en las almenas de aquellos castillos.

Después de esa gloriosa hazaña, Don Luis sanó de sus heridas y vivió largos
años para servir a los Reyes Católicos.

Que hacer en Jaén.

Fuente:
http://castillosyfortalezasdejaen.com/