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viernes, 27 de diciembre de 2013

La leyenda de las Celadas y La fuente de Don Sancho. Castillo de Torredonjimeno

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Castillo de Torredonjimeno


Torredonjimeno es una ciudad situada al suroeste de Jaen, en Andalucía.
Está situada en un cruce de caminos que une las tierras de Jaen con la campiña cordobesa.

Estas tierras han sido habitadas desde el Paleolítico.
Ya en el siglo V a. C. comenzaron a aparecer pequeñas aldeas de cabañas circulares de pueblos iberos.


Mas tarde los romanos comenzaron a construir asentamientos fortificados, y llamaron Tosiria a la pequeña ciudad que comenzaba a nacer.

Ya en el siglo XIII, los almohades se habían construido una solida fortaleza.

Querían defender la zona de la amenaza castellana pero el rey castellano Fernando III, apodado el Santo, organizó varias cruzadas contra los reinos árabes.

Poco a poco, estas tierras fueron siendo conquistadas.


Hasta que toda la zona pasó a ser frontera del Reino de Granada.

El castillo fue, por fin, tomado por un caballero infantón aragones, llamado Don Ximeno de Raya, del que tomó su nombre el castillo de Torredonjimeno.


El rey Santo dejo a la orden de Calatrava al frente de las fronteras musulmanas.
Los calatravos reformaron el castillo y construyeron atalayas a su alrededor para controlar mejor al enemigo.

Aún así, las batallas se sucedían sin cesar en las fronteras.
Y una vez contado algo de su historia, os voy a contar lo que sucedió en este castillo.

LA LEYENDA DE LAS CELADAS
y LA FUENTE DE DON SANCHO

Era el año 1275 cuando el rey granadino Muhammad II, con la ayuda de musulmanes marroquíes, decidió atacar las fronteras de Jaen.


En aquellos momentos, se encontraba al frente del castillo de Torredonjimeno, el arzobispo de Toledo, el Infante Don Sancho de Aragón, hijo del rey Jaime I el Conquistador, del que hablamos en La leyenda del castillo de Monzon.

Avisaron del ataque árabe desde las atalayas cercanas.


Las tropas castellanas también recibieron el aviso y desde distintas fortificaciones mas alejadas, se prepararon y partieron de inmediato para defender la zona.

Don Sancho salió con su ejército para defender las pequeñas aldeas y pueblos que estaban siendo atacados.

Aldeas enteras estaban siendo arrasadas, violaban a las mujeres y raptaban a los niños, robaban el ganado y quemaban y destrozaban todo lo que encontraban en su camino.

Don Sancho llegó al pueblo de Torredelcampo, y se dispuso aguardar allí a que llegaran allí las mesnadas de Don Lope Díaz de Haro, Señor de Vizcaya, que habían sido avisadas y venían hacia allí para robustecer las tropas cristianas.

Por desgracia, el comendador del vecino pueblo de Martos, Don Álvaro García, llegó ante Don Sancho desesperado.

Martos estaba siendo atacado, su casa, su familiares y amigos estaban en grave peligro, necesitaban su ayuda de inmediato.


Álvaro García le pidió al Arzobispo que se diera prisa en ir a defender Martos, pues los moros estaban cansados de pelear y no eran muchos.

El criado del Arzobispo, llamado Sandurca, que apreciaba mucho a su señor, le aconsejó que esperara la llegada del Señor de Vizcaya con sus tropas.

Álvaro García, irritado, se opuso al criado, recomendando a Don Sancho que no esperara un minuto mas, que con las tropas que contaba era mas que suficiente para acabar con el levantamiento árabe.

Le aseguró que era batalla fácil y prácticamente ganada, siendo la gloria sólo para él , y no tendría que compartirla con el Señor de Vizcaya.

El Arzobispo de Toledo, era joven, 25 años, y quería ser admirado por las gentes, cayó en la tentación y siguió el consejo de Álvaro García.

Desoyendo a su fiel criado, ordenó que preparasen los caballos y montando en su corcel fue a la cabeza de sus huestes.

Salió de Torredelcampo, y vino siguiendo el arroyo de la Piedra del Águila. 
Pero al llegar a la zona que hoy se conoce como "Las Celadas", que significa la emboscada, los moros estaban preparados, esperando que los cristianos cayeran en su trampa.

Álvaro García era un traidor que se había vendido a los moros y engañado al Arzobispo.

Los cristianos se encontraron con aquella emboscada y lucharon invocando, como tenían costumbre, a Santiago Apóstol:

 "¡Santiago, y cierra España!" - gritaban los soldados del Arzobispo.
"¡Alá es grande!" - decían los moros en su lengua.

Los moros eran más que los cristianos y vencieron a la pequeña tropa del Arzobispo.

Destrozadas las tropas cristianas, el Arzobispo quedó abandonado y solo; sus hombres habían muerto o habían huido.

Don Sancho, triste y cansado de pelear con la espada, fue a una fuente de agua a templar su sed.

Estaba bebiendo el Arzobispo, cuando lo atraparon unos moros.

Lo maniataron y sus captores empezaron a discutir quién de entre ellos se quedaba con el prisionero, para pedir rescate por su cabeza.

Como discutían los moros entre sí, uno de ellos, muy fanático, llamado Aben-Atar, montado sobre su caballo se fue hacia el Arzobispo y le arrojó una lanza que le atravesó el cuerpo, diciendo:

"No quiera Alá que por un perro cristiano se peleen mis hermanos moros".

Y allí mismo, en aquella fuente que todavía hoy se llama la Fuente de Don Sancho, le cortaron la cabeza y la mano con el anillo de Arzobispo al cadáver, y dejaron el cuerpo sin vida allí tirado en el campo, llevándose con la cabeza y la mano, la Cruz del Arzobispo como trofeo de guerra.

Cuando Don Lope llegó y se enteró de lo sucedido por los sobrevivientes de la batalla que allí se habían refugiado, acudió rápidamente a ver si podía socorrer al Arzobispo, creyendo que todavía estaba vivo.

Buscó Don Lope a los moros y cuando los encontró, combatió con ellos hasta que recuperó la Cruz del Arzobispo.

En la refriega, los moros le quitaron a Don Lope su estandarte, pero el valiente vasco se metió entre los moros a espadazos hasta que lo recobró.


Huyeron los musulmanes a un monte, y los cristianos se subieron al castillo.

Pasaron una noche, recelando unos de otros.

Pero a la mañana, cada ejército se retiró sin pelear más.

Don Lope regresó al lugar donde el Arzobispo con los suyos había sido destrozado.

Encontró el cuerpo de Don Sancho, sin cabeza ni mano, y mandó que lo llevasen a enterrar a Toledo.