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domingo, 26 de enero de 2014

La leyenda del Palacio de la Alegría. La Alfajería. Zaragoza.

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La leyenda del Palacio de la Alegría.

La Alfajería. Zaragoza.


Se levanta señorial y majestuosa, como la
gran fortaleza que es; escondiendo en
su interior, tras su apariencia guerrera,
patios y corredores de delicada belleza,
que han sido testigos silentes del paso
del tiempo y las culturas. Escenario de historias
legendarias, de tolerancia, de amores imposibles
y secretos románticos que muy pocos conocen,
hay quien asegura que nació la Aljafería del
capricho del rey Aben-Aljafe, que en su nacimiento
tuvo algo que ver el río Ebro, y que le
costó la vida a la favorita de aquel monarca.
Dicen también de esta dama de piedra ricamente
ornamentada, que fue cuna de nobles y
de santas, que a pesar de ser su origen moro,
custodió el grial que sirvió de cáliz al hijo del
dios cristiano, y que forma parte de sus muros
el torreón sombrío que vio morir de amor a un
trovador enfermo de los males de Cupido.
Sus arcos, sus jardines, su aljibe, sus aromas,
su tranquilidad reposada de mujer sabia y
vigorosa evocan a don Gaiferos, a su esposa
Melisendra y a don Manrique de Lara, a Leonor
de Sesé y al católico rey Fernando. Fue la
admiración del propio Al-Andalus, mecenas de
científicos y artistas, cofre monumental del
primer metal precioso que llegó de las Américas
y alegre tesoro del rey musulmán Abu
Yafar Ahmad al-Muqtadir que así llamó a su
palacio Aljafería: Palacio de la Alegría.



Dame tu favorita y yo daréte
el palacio que suspiras

«Aben-Aljafe soñaba despierto. ¡Cúan hermoso
–se decía a sí mismo– sería ver elevado en
esas orillas un alcázar con estucados de pórfido
y nácar, torreones altísimos y columnas delgadas
y gentiles como las palmeras de Rabat»
Así comienza una de las muchas leyendas
que hablan de la Aljafería, el suntuoso palacio
que nació al esplendor en la segunda mitad del
siglo XI con el rey musulmán Abu Yatar
Ahmad al-Muqtadir. Frente a su aspecto austero
de gran fortaleza, el refinamiento que
alberga en su interior ha dado pie a seculares
historias que hablan de su pasado con mayor o
menor veracidad. Es el caso de esta narración
romántica que recogió en 1859 Joaquín
Tomeo y que se refiere a la fabulosa edificación
del palacio en una sola noche.
Cuenta la leyenda que el mítico rey moro
Aben-Alfaje contemplaba el vergel que se levantaba
a las orillas del Ebro en Zaragoza y, admirado
por tan natural belleza, anhelaba poseer en
aquel lugar un palacio suntuoso y magnífico, con
techumbres de oro, fuentes de alabastro, alkatifas
de flores y bosques de laureles y limoneros, que
había de ser la envidia del Al-Andalus.
Cuál no sería la sorpresa del monarca
cuando escuchó que alguien le llamaba en una
noche de luna clara, que convertía en plata las
aguas bravías del río cercano. Al volver la
cabeza, el árabe divisó «sentado sobre un
peñasco, en la misma orilla, a un anciano casi
desnudo, de blanca barba, cubierto apenas con
una clámide azul, ciñendo una verde corona
de algas y empuñando en una mano un precioso
caracol marino». Resultó ser el mismo
padre Ebro el que así susurró su nombre que,
habiendo escuchado los suspiros anhelantes de
Aben-Aljafe, se disponía a cumplir sus deseos
si a cambio le entregaba a su esclava favorita.
No en vano le recordó el río al monarca que, a
cambio de aquel palacio, había prometido dar
cuanto de su mano dependiese. «Dame tu favorita
y yo en cambio daréte el palacio por que
suspiras», le dijo el Ebro. «Dámelo, pues, y es
tuya –interrumpió el rey, cuyos ojos brillaron
con alegría al sólo pensamiento de verse dueño
de su soñado alcázar».
Asegura la leyenda que entonces cayó dormido
en un sueño profundo el monarca y que,
cuando despertó, se vio con sorpresa tendido en
una rica otomana, rodeado de paredes de nácar
y marfil, artesonados de ébano y rosetones de
coral y plata, pebeteros de oro, alfombras de
seda y vajillas de los más ricos metales. Había
pasado una sola noche y el río había cumplido
su promesa, levantado un palacio suntuoso que
fue la admiración de todos los que lo vieron.
El rey moro, invadido de gozo por su nuevo
alcázar de esplendor lujoso, se olvidó de Hanifa,
su favorita, que desapareció misteriosamente
de la Azuda la misma noche de la edificación
del palacio. Nadie supo jamás qué fue de ella,
aunque aseguran que el Ebro la amó profunda


El Palacio de La Aljafería lo construyó Abú Yafar Áhmad ibn Sulaymán fue rey de la taifa de Saraqusta (Zaragoza) entre (1046 y 1081).
Además de ser un rey muy sabio, tenía un gran talento político y militar
Sus amplias inquietudes artísticas y culturales llevó a su reino al máximo esplendor de su reinado.
Mandó construir un palacio-fortaleza en la explanada de la saría zaragozana, en la Almozara.
La Alfajería.

Allí celebraban paradas militares, fiestas de las victorias conseguidas y espectáculos y ejercicios ecuestres.
El nombre de su palacio, La Aljafería (al-yafariya deriva de uno de sus nombres, Al-Yafar).
Este suntuoso palacio fue la sede de su Corte, creando en sus dependencias un centro de cultura donde acudieron intelectuales y artistas de todos los puntos de Al-Ándalus, buscando un refugio de tolerancia y mecenazgo en la Taifa más septentrional y más alejada del influjo almorávide por su lejanía y por ser regida por una dinastía hispanoárabe.
Allí se dieron cita poetas, músicos, historiadores, místicos y, sobre todo, nació la mejor escuela de filosofía del islam, con la incorporación plena de Aristóteles a la filosofía árabe.
Abu Yafar fue mecenas de las ciencias, de la filosofía y de las artes.
En su  bello palacio de La Aljafería  se reunían importantes intelectuales andalusíes.

Tras la reconquista de Zaragoza en 1118 por Alfonso I el Batallador pasó a ser residencia de los reyes cristianos de Aragón, con lo que la Aljafería se convirtió en el principal foco difusor del mudéjar aragonés. 
Fue utilizada como residencia regia por Pedro IV el Ceremonioso y posteriormente, en la planta principal, se llevó a cabo la reforma que convirtió estas estancias en palacio de los Reyes Católicos en 1492. 
En 1593 experimentó otra reforma que la convertiría en fortaleza militar, primero según diseños renacentistas (que hoy se pueden observar en su entorno, foso y jardines) y más tarde como acuartelamiento de regimientos militares. 
Sufrió reformas continuas y grandes desperfectos, sobre todo con los Sitios de Zaragoza de la Guerra de la Independencia hasta que finalmente fue restaurada en la segunda mitad del siglo XX y actualmente acoge las Cortes de Aragón.