Buscador de Castillos

miércoles, 12 de febrero de 2014

El Castillo de Gisors y La Leyenda de los Templarios

Leyendas de castillos. Viajes de leyenda. Leyendas Medievales. Castillos Encantados. Viajar por la Historia.


El Castillo de Gisors y La Leyenda de los Templarios


El Castillo de Gisors y La Leyenda de los Templarios

Gisors es un municipio francés situado en la comarca del Eure en la región de la Alta Normandía.
El Castillo de Gisors es una construcción del siglo XI cuya Torre del homenaje ocupa un montículo feudal.

Es conocido por la leyenda del Tesoro de los Templarios que fue robado. 

Durante los años 1950, el vigilante del castillo, Roger Lhomoy, empezó a excavar numerosos subterráneos que desestabilizaron el montículo y provocaron fisuras en la Torre del homenaje. Él aseguró que había descubierto unas salas subterráneas y también una capilla que contenía el fabuloso tesoro; pero esto no se ha podido verificar.



El Enigma de Gisors 

es una leyenda referida a la Orden de los Templarios.
Todo comenzó en la ciudad de Gisors, cerca de París, cuando se efectuaron unas excavaciones clandestinas, y en concreto, en el año 1946 un jardinero de nombre Roge Lhomoy aseguró haber descubierto un deposito de cofres y sarcófagos bajo un torreón del Castillo donde trabajaba:

El Castillo de Gisors.


Enseguida surgió el rumor de que podía tratarse de un tesoro de los Templarios que habían estado muy presentes en la región. El jardinero Lhomoy habia escuchado a menudo decir que en el subsuelo del castillo había un un gran tesoro. El castillo era un ejemplo de arquitectura feudal, solido de grandes muros. El jardinero en sus indagaciones por el castillo había encontrado un pozo sellado en la entrada de uno de los torreones. A escondidas el jardinero excavaba ayudado de lo que encontraba. Logró abrir una galería de unos veinte metros de profundidad.

Mientras excavaba tropezó con una pared amurallada.
Tras apartar algunas piedras se dio cuenta estaba ante una sala de grandes dimensiones.
 No llevaba iluminación adecuada pero pudo percibir que se hallaba en una especie de cripta de unos 300 metros cuadrados y unos cuatro y medio de altura. Era como una especie de capilla con un altar y un tabernáculo con estatuas de Cristo y los apóstoles.

Pero lo que llamó mas su atención, fueron unos sarcófagos de piedra, de unos dos metros de largo y en número de diecinueve, que se alineaban a lo largo a los muros de la cripta, junto con treinta enormes cofres de metal.

Se avisaron a las autoridades y la noticia se extendió  como la pólvora.
Una multitud se dio cita en el lugar de los hallazgos, pero la decepción no tardó en llegar.
Nadie se atrevía a bajar por aquella intrincada madriguera excavada por Lhomoy, que constantemente amenazaba con desmoronarse, hasta que el comandante de los bomberos de la localidad, Émile Beyne, se ofreció voluntario.

Pero tras avanzar inicialmente por la intrincada galería, Beyne desistió a falta de cuatro metros para el final.
Expuso que era demasiado arriesgado y que la falta de aire le impedía proseguir, tras negar haber podido llegar a la capilla descrita por Robert Lhomoy.

Éste, respaldado por la opinión pública, pidió continuar las excavaciones y ensanchar la galería, pero inexplicablemente el permiso le fue denegado por el Ayuntamiento.
De igual manera, y para sorpresa de todos, se tomó la medida de ordenar que las galerías fueran recubiertas de hormigón y nuevamente selladas.
Apesar de este golpe, Lomhoy continuó en sus trece.
Solicitó con éxito una autorización del Ministerio de Cultura francés para proseguir las excavaciones, pero la respuesta del Ayuntamiento fue tajante: lo tacharon de loco y amenazaron con hacerlo encerrar si no desistía de su empeño en excavar.

El Enigma de Gisors es una de las leyendas del Temple, aparte de su relación con el priorato de Sión y la tala del olmo, Gisors, ciudad del departamento de Eure situada a 70 kms de París tiene su propia leyenda en lo referente a tesoros y misterios ocultos.

Excavaciones clandestinas. 

En 1946, un jardinero llamado Roger Lhomoy aseguró haber descubierto un depósito de cofres y sarcófagos bajo un torreón del castillo de Gisors, donde trabajaba, tras haber realizado unas excavaciones en las cercanías.
Nacido en la región, Lhomoy había escuchado decir a menudo que el subsuelo del castillo encerraba un tesoro fabuloso.
Algunos no vacilaban en pretender que este tesoro era el de los Templarios, muy presentes en la región.


El castillo de Gisors 


es un ejemplo magnífico de arquitectura feudal, perteneció unos breves años a la Orden del Temple durante el siglo XII, lo que les facultaría para conocer los subterráneos existentes debajo del mismo.
Al parecer, el jardinero había localizado dos años antes un pozo sellado en la entrada de uno de los torreones.
De forma clandestina, por la noche, excavaba ayudado por el material rudimentario al que tenía acceso hasta que logró abrir una galería de unos veinte metros de profundidad.
Aseguró que una noche tropezó con un muro, y que, tras apartar algunas piedras, se dio cuenta de que se hallaba delante de la pared de una sala de grandes dimensiones.
Intentó alumbrar la sala pero su precario equipo no le permitía ver demasiado, así que se introdujo por la ranura.
Había hallado una cripta de unos trescientos metros cuadrados y cuatro y medio de altura.
Parecía corresponderse con una antigua capilla donde podía verse el altar con su tabernáculo y, apoyadas en las paredes, estatuas de Cristo y los apóstoles.
Pero lo que llamó sobremanera su atención fueron unos sarcófagos pétreos de unos dos metros de largo y en número de diecinueve, que se alineaban a lo largo de los muros de la cripta.
Asimismo, treinta enormes cofres de metal coronaban el descubrimiento del jardinero Robert Lhomoy.


Poco después, el comandante de los bomberos de la localidad, Émile Beyne, se ofreció voluntario.
Tras avanzar inicialmente por la intrincada galería, Beyne desistió a falta de cuatro metros para el final.
Expuso que era demasiado arriesgado y que la falta de aire le impedía proseguir, por lo que no pudo llegar a la capilla descrita por Robert Lhomoy.
Éste, respaldado por la opinión pública, pidió continuar las excavaciones y ensanchar la galería, pero inexplicablemente el permiso le fue denegado por el Ayuntamiento.
De igual manera, y para sorpresa de todos, se tomó la medida de ordenar que las galerías fueran recubiertas de hormigón y nuevamente selladas.
Apesar de este golpe, Lomhoy continuó en sus trece.
Solicitó con éxito una autorización del Ministerio de Cultura francés para proseguir las excavaciones, pero la respuesta del Ayuntamiento fue tajante: lo tacharon de loco y amenazaron con hacerlo encerrar si no desistía de su empeño en excavar.
El hecho era enormemente extraño al carecer, a priori, de un motivo justificado. Pero el jardinero no era un hombre fácil de convencer, y tras dejar pasar seis años, con una nueva autorización del Ministerio de Cultura se puso nuevamente manos a la obra. Esta vez el Ayuntamiento tuvo que claudicar.
Ya no se trataba únicamente de Lhomoy, sino que este se había traído a dos socios con él.
Lo único que pudo hacer el Consejo municipal fue poner objeciones a los trabajos, estratagema que dio resultado.
Se les impuso el pago de una cuantiosa garantía además de asegurarse la propiedad de buena parte de los posibles hallazgos.

El acuerdo era inviable, y Lhomoy y sus socios se vieron abocados a abandonar el proyecto.
Después de ese fracaso, el asunto quedó en el olvido durante cerca de dos décadas.
No se produjeron novedades hasta que en 1962, el Ministro de Cultura francés, André Malraux, ordenó proseguir con la investigación.
Tras reabrir las galerías, se procedió a llamar a Roger Lhomoy para que comprobase personalmente los trabajos.
Éste, llegó a bajar al fondo del pasadizo, pero decepcionado comunicó que aún faltaba el último metro y medio por despejar.
Inexplicablemente, estando tan cerca de la supuesta cripta, la reanudación de las obras se postergó otros dos años.
Finalmente, en febrero de 1964, cuando se iba a excavar el último tramo, el lugar fue declarado zona militar y la investigación fue parada definitivamente.

Una capilla oculta. 

Apesar del escepticismo con la que fue acogida la historia de Roger Lhomoy por los arqueólogos e historiadores de la región, las leyendas locales e incluso los registros históricos que hacen referencia a Gisors, dan fe de la existencia de al menos una cripta en el subsuelo de la ciudad.
Actualmente han sido desescombrados varios subterráneos que surcan las calles y que parecen unir el castillo de la localidad con la iglesia consagrada a los santos patronos de la villa.
La capilla supuestamente hallada por el jardinero es descrita de forma muy semejante en varios textos medievales conservados en los Archivos Nacionales y en textos del siglo XVII.
Se la denomina Capilla de Santa Catalina, y la única incógnita que encierran estas informaciones es si se encuentra bajo en castillo, tal y como relató Lhomoy, o bajo la iglesia anteriormente mencionada, como apuntan otros textos.
Según se desprende de las narraciones, en esta cripta finalizaban los túneles subterráneos que atravesaban la ciudad comunicando castillo e iglesia.

Templarios


A la vista de que estos existen, constatada su presencia, no hay motivos para desconfiar de que la Capilla de Santa Catalina sea únicamente invención de la mente fantasiosa de un jardinero aficionado a las excavaciones clandestinas. Incluso el continuo sabotaje de su trabajo por parte de las Autoridades parecen señalar que efectivamente algo esconden los sótanos del castillo de Gisors.
Algo que no se desea que salga a la luz