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sábado, 24 de mayo de 2014

La leyenda del Dragón de Jaén y la Mesa del rey Salomón

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La leyenda del Dragón de Jaén y la Mesa del rey Salomón

La leyenda del Dragón de Jaén y la Mesa del rey Salomón

Cuenta la leyenda que la Mesa del rey Salomón era un objeto mítico y mágico, procedente del Templo de Jerusalén y propiedad del rey judío, mundialmente conocido por su sabiduría.

Dicho objeto encerraba una de las claves de la creación: el Shem Shemaforash o nombre secreto de Dios.

Quien lo poseía tendría un poder absoluto sobre el mundo.


Ese objeto maravilloso, la Mesa de Salomón, según algunos, está escondido en Jaén y según otros, bajo de los montes de Toledo, donde hay miles de cuevas, que resultaban perfectas para esconder tan fabuloso tesoro.

Algunos la buscaron por los alrededores de la imponente catedral de Jaén, donde se supone que existe  "la cava" o cueva que lo esconde.

Se piensa que el Palacio Perdido de Hércules puede estar en el barrio de la Magdalena de Jaén.


El legendario palacio de Hércules, una vez abierto atrajo la invasión musulmana a la península y, en su interior, se guardó la Mesa y el Espejo de Salomón. Leer mas.


Según contaba la leyenda, el Dragón de Malena tenía por misión custodiar los tesoros del Templo de Jerusalén sustraídos por el emperador romano Tito y traídos hasta esta ciudad.

Entre ellos, la Mesa del rey Salomón.

 En el casco antiguo de Jaén se extiende el barrio de la Magdalena, que ocupa desde la falda del cerro del Castillo de Santa Catalina de Jaén, hasta San Ildefonso.

El barrio de la Magdalena es, sin duda, el más popular y antiguo de la ciudad.

   La iglesia que hay en la Plaza de la Magdalena, fue en su origen una mezquita del s. VIII, de la que aun conservan muchos restos de la época, como la torre y el antiguo alminar.

Cerca de la Iglesia y del antiguo Convento de Santo Domingo, se encuentra el monumento al Dragón de Malena.

Según se cuenta, hace mucho tiempo, apareció cerca de la fuente del barrio de la Magdalena, un enorme lagarto que se comía las ovejas de los alrededores e incluso a quienes iban a buscar agua.

Atemorizados, todos los lugareños intentaron una solución.

   Unos cuentan que fue un preso, condenado a muerte, que pidió el perdón de su pena a cambio de matar al lagarto o dragón.

 Para ello cogió un saco de panes y un saco de pólvora; se fue a la guarida del lagarto y empezó a echar una hilera de panes; el lagarto salió y se los fue comiendo uno tras otro.

Cuando llegó a la Plaza de San Ildefonso le echó el saco de pólvora,
el lagarto lo engulló y explotó.

   Otros hablan de un pastor que, enfurecido por que el lagarto se comía sus ovejas, cogió una oveja, la mato, la rellenó con yesca encendida y así se la echó al lagarto, que enseguida se la tragó y murió con las tripas abrasadas.

   Por último, hay quienes dicen que los vecinos fueron a pedirle ayuda a un valiente caballero.

Este tomó su espada, se puso una armadura hecha de espejos y así fue en busca del lagarto.

Cuando el lagarto iba a atacarle, el sol se reflejó en los espejos y el lagarto quedó cegado, momento que aprovechó el caballero para atravesarlo con su espada.