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viernes, 27 de junio de 2014

Castillo de Al-Mundat. La leyenda de La Buena Villeta

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Castillo de Al-Mundat. Málaga.   




La fortaleza de Al-Mundat está situada en una colina alta llamada el cerro de la Villeta.

Desde allí se domina todo el pueblo y la vega.

La construyó un gran guerrero andalusí llamado Omar Ibn Hafsún, en el siglo IX. 

Este personaje fue un gran héroe de su época, ya que organizó y acaudilló una gran rebelión contra el Emirato de Córdoba, haciéndose muy famoso y conocido tanto por su valor y valentía, como por su gran estrategia utilizada en las batallas.

Sus huestes le llamaban "el capitán de la gran nariz", pero le seguían ciegamente.
En este castillo de Al-Mundat estableció su residencia.

Ya en el siglo XII, Al-Mundat fue refortificada por los almohades y, más tarde, por los nazaríes del Reino de Granada. 

En 1485 los cristianos toman Monda pacíficamente, entre otras muchas poblaciones, ya que la población se entrega sin oponer resistencia, por lo que se les aplica el Fuero de Sevilla: se les respeta las propiedades y fe a cambio de su sometimiento a los Reyes Católicos.

De este castillo se cuenta una romántica y triste leyenda.

La leyenda de La Buena Villeta


Cuando del Duque de Escalona y Marqués de Villena tomó posesión del señorío de Monda, a fines del siglo XV, dejó por gobernador de la Villa a Hurtado de Luna.

Cuenta la leyenda que tenía Hurtado una hija, Beatriz, de extraordinaria belleza, reflejo de un alma sensible y compasiva, la cual era el “paño de lágrimas” de aquellas familias necesitadas del pueblo, a las que visitaba y cuidaba; 
hasta tal punto que fue llamada por todos con el sobrenombre de la Buena Villeta, nombre del lugar donde residía. 

Alzábase dicha residencia sobre la cima del cerro que todavía llaman “La Villeta”.

Sucedió que Arturo, joven apuesto, hijo del alcaide de Tolox, don Sancho de Angulo, llegó a la Villeta con una misiva de su padre para el gobernador Hurtado; Arturo y Beatriz quedaron profundamente enamorados. 

Desde aquel momento, y en sucesivas visitas, las flores y los senderos conocieron sus nombres y fueron testigos de sus promesas e ilusiones, pero la mayoría de las entrevistas tenían lugar a los pies de la “Virgen del Almendro”, pequeña imagen que recibía culto en una hornacina excavada en el muro, junto a la puerta principal y a la sombra de un robusto almendro.

Y aconteció que una tarde de enero, Arturo, rota el alma, confesó a su amada Beatriz la obligación de embarcar con su padre hacia las recién descubiertas tierras americanas.

No sé lo que podrá durar mi ausencia –dijo Arturo- A mi regreso serás mi esposa, te lo juro ante la Virgen que nos oye. 

Dicho esto alzó la mano y de una de las ramas del almendro cortó una flor y presentándola a su amada señaló un pétalo y le dijo: éste es mi corazón. 

La Buena Villeta acercó sus labios y lo selló con un beso. En seguida, colocando su índice sobre el inmediato dijo:

Y éste es el mío. Arturo abrasó con sus ardientes labios el sitio donde había posado el índice de su amada.

La flor, cruzada por los besos de los enamorados, fue ofrecida a la Virgen y depositada en su mano. 

Sucedió entonces una cosa extraordinaria; tan pronto como la flor sintió el contacto de la divina mano, pareció que recobrase vida y sus hojas marfileñas tornáronse más tersas y blancas, tomando la blancura nítida de la nieve.

Pasó mucho tiempo y cada día iba la Buena Villeta a postrarse ante su Santa Patrona y siempre, aun en medio de los calores estivales, hallaba la flor erguida y lozana. 

Pero un día, también de invierno, no fue así. 

Al llegar la joven junto a la hornacina, reparó que la flor mustia y lánguida caía como en desmayo sobre los dedos de la Virgen. 

Se acercó inmutada y presa de mortal zozobra. 
Del fondo de la flor brotaba una gota de sangre que iba tiñendo de carmesí los bordes de toda ella.



Y más aún creció su dolor cuando vio ocurrir lo mismo a las flores de los muchos almendros que allí vegetaban y que desde entonces tomaron un leve matiz de sangre.

¡Arturo ha muerto! – clamó con grito supremo del alma Beatriz.

Se desplomó a los pies de la imagen, exhalando su postrero aliento con el nombre de su amado en los labios. 

No tardó mucho en saberse que el día mismo de este suceso Arturo había perecido a manos de los indios en una isla de las Antillas.

Durante muchos años la sombra de la Buena Villeta vagó por las ruinas del Castillo, apareciéndose a las gentes de Monda, quienes todavía, durante las altas horas de la noche, oyen con terror los quejidos y la voz plañidera de la doncella sin ventura que murió de mal de amores.