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domingo, 29 de junio de 2014

La Batalla de Roncesvalles. La leyenda de la Espada de Roldan

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La Batalla de Roncesvalles.

La leyenda de la Espada de Roldan


En algún lugar de Roncesvalles, Oliveros, fiel amigo de Roldán, se ha asomado a un barranco.

Allí, ve un gran ejército de sarracenos que llega desde España.

-Oigo el ruido metálico de multitud de escudos, yelmos, lanzas y espadas. 
El eco nos trae el golpeteo de los caballos sobre la tierra- dice Oliveros dirigiéndose a Roldán-. 
¡Desfilan muchísimos hombres! 
¡Nunca he visto brillar tanta cota de malla junta! 
¡Roldán!- grita desesperado Oliveros-. 
¡Toca el olifante para que Carlomagno te oiga!

-Haré tocar el olifante- dijo Roldán acercándose a ver quien les acechaba-. 
No te preocupes, mi tío vendrá rápidamente a ayudarnos y la batalla se tornará más cruenta todavía. 
Pero espera un poco. 
Somos valientes y bravos, podemos vencerlos- comenta Roldán muy seguro de sí mismo.


Pero algunos de los sarracenos ya estaban escondidos esperando atacar la retaguardia del ejército de Roldán.

Eligieron un camino muy estrecho. A un lado, se abría el abismo, al otro, un bosque muy denso donde no había escapatoria.

Comenzaron los sarracenos a lanzarles desde lo alto multitud de rocas que rodaban por la montaña; además, les tiraban piedras para que los animales de los carros se asustaran y les precipitaran al barranco.

Carros, caballos e infantería fueron precipitándose al vacío. La retaguardia de Roldán había sido aniquilada.

Consciente de la gravedad de la batalla, Roldán intenta llegar al collado para, desde allí, hacer sonar su olifante y pedir ayuda a Carlomagno.

Mientras, todos luchan con gran bravura contra los sarracenos. 
Roldán es herido de muerte en el llano de Roncesvalles.

Aún así, intenta llegar al collado para hacer sonar su olifante. 
Y lo hace con tanta fuerza que éste se parte y las venas de las sienes y cuello le estallan.

Pero consigue su objetivo, Carlomagno ya le había escuchado.

Roldán siente como la vista se le nubla y la vida se le va.

Solo le queda una obligación más: proteger de los infieles a su espada Durandal.

Cae casi desmayado a la sombra de dos árboles mirando hacia el cielo. Retomando fuerza, se incorpora. Se dirige hacia una roca oscura. 
En ella, intenta destrozar a Durandal.

Pero con gran fuerza, golpea la espada una y otra vez. 
Durandal, fiel amiga de todas las batallas no se rompe, ni se mella ni se astilla, en su lugar rompe la roca haciendo un gran corte en la montaña.

Brecha de Roldán


Falto de fuerzas y sabiendo que la espada no se va a romper se deja caer sobre la tierra.

Cruza sus brazos dirigiendo la mirada hacia España…

Y Roldán muere...



Cuenta la leyenda que Carlomagno se había abstraido profundamente en una partida de ajedrez, perdiendo totalmente la noción del tiempo.


Despertó de pronto de su absorvente partida y reaccionando violentamente salió con sus huestes hacia Roncesvalles.
Cuando llegó por fin a Roncesvalles, descubrió con gran dolor la violencia de la batalla. 
No existía un solo trozo de tierra que no estuviera manchado de sangre.

Cuerpos mutilados, armas rotas, cadáveres, desolación, lamentos de los heridos…

Carlomagno, buscaba desesperadamente a su sobrino Roldán.

Cuando decidió subir a collado, lo encontró a la sombra de dos árboles. Contempló la roca negra donde el soldado había intentado destrozar a Durandal.

Le tomó entre sus brazos y lloró desconsolado y arrepentido por haberse dejado embrujar y no haber estado combatiendo al lado de su querido sobrino.

Cuentan que, las muchachas del valle, cuando se enteraron que su héroe había muerto, subieron para verle por última vez.

Iban provistas de lanzas que fueron clavando en la tierra como símbolo de redención.

Dicen que, de cada lanza, nació un árbol que formó el bosque de Ibañeta.


Tan arrepentido estaba Carlomagno de su distracción que decidió realizar el  Camino de Santiago para pedir perdón al santo.

Recorrió desde Roncesvalles todo el norte de la península. Ascendió y descendió montañas, cruzó ríos, soportó lluvias, caminó por barrancos y aguantó el frío.

Carlomagno, llevaba un pergamino donde, todas las noches apuntaba en él, los pecados que iba recordando para contárselos al santo y pedir su perdón.

Cuenta la leyenda que cuando Carlomagno llegó a la tumba de Santiago y sacó su pergamino para relatarle todos sus pecados, vio que en éste no había escrito nada. Estaba vacío.

Fue el símbolo de que el Apóstol Santiago le había perdonado por el sacrificio que había realizado.

Dicen que la espada de Roldán, Durandal, sorprendió a todos los peregrinos de la Edad Media.

Era un arma hermosísima. 

Tenía una empuñadura formada por tela de la túnica de la Virgen María, un diente de San Pedro, unas gotas de sangre de San Basilio y unos cabellos de San Denís.

El Camino de Santiago adquirió gran importancia en la Edad Media.

Muchos de los peregrinos de toda Europa querían contemplar donde se había celebrado la batalla de Roncesvalles y donde había intentando destruir Roldán, su espada Durandal.