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jueves, 31 de julio de 2014

Castillo de Zafra. La Leyenda de Zafara

Leyendas Españolas. Leyendas de Castillos. Viajes de Leyenda.

Castillo de Zafra

Encontrado en mashable.com

Es un castillo del siglo XII situado en el municipio de Campillo de Dueñas, en Guadalajara, España.
Es un claro ejemplo de castillo roquero por su emplazamiento en una zona de escarpada en el que destaca la torre del homenaje edificada sobre lo alto del farallón rocoso.

Parcialmente restaurado, encontraremos parte de los muros que conformaron su muralla, almenada, y reforzada con torres en sus esquinas. En el patio de armas se conserva el aljibe, y la torre del homenaje presenta una puerta gótica de arco apuntado. Su interior dispone una escalera de caracol que permite acceder a la terraza superior.

Dado que aparece citado en el primer Fuero de Molina, otorgado por Don Manrique de Lara, se le supone un origen de fortaleza árabe.

Durante los tiempos del rey Fernando III el Santo, el tercer señor de Molina, Gonzalo Pérez de Lara, rebelado contra el monarca, se refugió en él.

Castillo de Zafra
Castillo de Zafra. Encontrado en google.es

Dada la inexpugnabilidad del castillo, hubieron de pactar la Concordia de Zafra, por el que el la actual Molina de Aragón pasaría a formar parte de la corona de Castilla a la muerte de Don Gonzalo, perdiendo su condición de independiente.

Un enigma para los historiadores es el espacio delimitado por las murallas de la fortaleza, que apenas deja espacio para depósitos de armas ni almacenes de víveres. Se cree que existieron grandes cuevas excavadas en la roca sobre la que se asienta.

La Leyenda de Zafara


Cuando apenas comenzaba la primera primavera del siglo XII, había muy cerca de la actual ciudad de Zafra en la zona de "El Castellar" un suntuoso Palacio construido por los árabes que por entonces ocupaban gran parte de la Península Ibérica.

La zona de Zafra estaba al mando de Al-Jarik, un glorioso guerrero que hizo levantar el gran Palacio del Castellar, en lo alto de la montaña que majestuosamente vigila la ciudad.

Este lugar lleno de vegetación, riachuelos y hermosos parajes naturales era de los más hermosos del sur y el interior del Palacio fue adornado con preciosas fuentes, jardines multicolores y una delicada construcción que alegraba la vida de sus moradores y visitantes.


Al-Jarik lo utilizaba como residencia de descanso y con frecuencia recibía visitas de otros poderosos caballeros de la época, siendo lo más llamativo del Palacio un pasadizo subterráneo que comunicaba las estancias de Al-Jarik con el centro de la ciudad de Zafra, donde estaba situado el Palacio de Gobierno.


Encontrado en foto.difo.uah.es


Este pasadizo era grandioso ya que se extendía a lo largo de algunos kilómetros y tenía una altura capaz de cruzarlo cabalgando con cualquier caballo e incluso se podía traspasar con algún carruaje de mediano tamaño.

El inmenso túnel estaba custodiado por fuertes guerreros del ejército árabe que además con deslumbrantes antorchas daban una buena luminosidad al interior del mismo.

Al-Jarik tenía una preciosa hija llamada Zafara y aunque era muy joven, su padre la pretendía esposar con Al-Bakrí, uno de los más afamados guerreros musulmanes que aunque vivía en Córdoba, había pasado en varias ocasiones por el Palacio de Zafra y se había enamorado de Zafara.

El posible matrimonio de Zafara con el gran guerrero cordobés, traería a  Al-Jarik muchos beneficios ya que la fortuna de Al-Bakrí era inmensa.

Sin embargo Zafara no pensaba como su padre, ya que el oro, las joyas... en definitiva las riquezas no atraían a la bella musulmana, lo único que hacía la felicidad de Zafara era la lectura de los numerosos libros que tenían en la biblioteca de Palacio y contemplar la naturaleza.


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Cuando no estaba leyendo, daba largos paseos por los alrededores del Palacio del Castellar, iba a una cercana ribera a contemplar los peces, tortugas, ranas... cogía flores y juncos haciendo preciosos adornos...

Zafara sabía las intenciones de su padre respecto Al-Bakrí, pero aunque ella era una buena hija y obediente, su corazón se ponía muy triste cada vez que pensaba en esto.

Al cabo de un tiempo Al-Jarik comunicó a Zafara que debería prepararse para la boda ya que un emisario acababa de decirle que el guerrero de Córdoba venía con su séquito para casarse con ella.

Zafara se fue a sus aposentos y comenzó a llorar amargamente, mientras su padre daba instrucciones a los siervos para engalanar el Palacio e ir preparando todo para las fiestas que vendrían.

Cuando se terminó de adornar todo, Al-Jarik mandó que llamaran a Zafara y la vistiesen con unas preciosas sedas, ya que ese sería su vestido para la boda.

 El criado encargado de llamar a Zafara regresó a la habitación donde estaba su amo Al-Jarik diciendo que había llamado varias veces a la hija pero no respondía, teniendo la puerta atrancada.

Al-Jarik se dirigió inmediatamente a la estancia de Zafara comprobando efectivamente que la puerta estaba cerrada y que no respondía a su llamada, ante lo cual llamó a dos guardias para forzar la puerta.

Cuando pudieron entrar en el cuarto de Zafara, Al-Jarik se encontró con lo que nunca hubiera deseado: la preciosa joven yacía en el suelo mirando hacia una ventana que daba al jardín, teniendo en sus manos unos frescos juncos de la cercana ribera y la cara llena de lagrimas.

Incluso el suelo estaba mojado por las lágrimas.

Su padre intentó desesperadamente animar a Zafara... pero todos su esfuerzos fueron en vano.

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Zafara había muerto de profunda tristeza que la boda impuesta le produjo.

 Al-Jarik recogía con mimo algunas lágrimas que todavía tenía el bello rostro de Zafara mientras se mezclaban con las propias lágrimas del padre, ya que no pudo evitar soltar algunas cuando llevaba en brazos el cuerpo de su hija.

La amargura no dejaría en paz a Al-Jarik por la creencia que tenían de que cuando alguien moría de tristeza su espíritu vagaba eternamente por los lugares donde más feliz había vivido.

Cuando estaban preparando el funeral de Zafara, llegó al Palacio un veloz emisario comunicando que el guerrero Al-Bakrí había muerto a poca distancia de la ciudad, resulta que mientras descansaban del viaje en una ribera el árabe se dio un baño, y los demás al ver que tardaba en salir del agua fueron a ver qué pasaba encontrándolo agarrado a unos juncos de la orilla, pero ahogado.

Nadie supo cómo sucedió, pero lo cierto es que Al-Bakrí dejó de existir muy cerca de Zafra.
Estos infortunios fueron muy comentados y llorados por todo el territorio musulmán de Zafra a Córdoba, también en Sevilla e incluso Granada.

Al-Jarik decidió enterrar a su hija Zafara junto a Al-Bakrí cerca del Palacio, a orillas de la ribera, entre los juncos, levantando un pequeño mausoleo donde se podía leer:

"Aquí yace Zafara, bella hija del noble Al-Jarik
que amaba la ribera y los juncos
cuyo espíritu vaga por estos lugares
y el valeroso guerrero Al-Bakrí que amando
a Zafara entre la ribera y los juncos expiró
Alá es grande"

Con el paso de los años, guerras, catástrofes (como las inundaciones de Zafra), el Palacio del Castellar y sus jardines desaparecieron por completo, hoy sólo podemos ver algunas ruinas, cuevas que se suponen dan al gran pasadizo, la ribera y los juncos donde a veces se percibe el espíritu de Zafara