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martes, 29 de julio de 2014

La casa de la columna de Granada

Leyendas de Castillos Españoles. Leyendas Medievales. ¿Que pasó aquí?

La casa de la columna de Granada


Cuando Boabdil abandonó Granada, sus guerreros, familiares y amigos mas leales le acompañaron en su regreso a Africa.

Pero muchos de las habitantes de Granada, decidieron quedarse en la ciudad, disfrutando de sus comodidades, de sus casas y de sus bienes.

La idea de dejarlo todo y volver a las arenas del desierto Africano, a su inclemente clima y a sus arenosos caminos, se le hacía insoportable.

Así el feroz Audallah, de la tribu de los Gomérez, prefirió acompañar al rey en
su desventura, aunque dejaba en Granada lo que más amaba, a su adorada Leila.

Leila no podía abandonar la ciudad, pues su padre prefería morir en el palacio de sus mayores, que dando pruebas de lealtad a sus reyes.

Los dos amantes se separaron con grandes muestras de cariño y su separación fue muy dolorosa.

Leila permaneció largo rato contemplando como la comitiva de su amante iba desapareciendo mientras se alejaba en el horizonte.


En un gran ajimez partido por una columna de mármol blanco, se apoyó llorando con amargura, mientras se veía separada para siempre de su adorado Audallah.

Sin embargo, se consoló recordando, éste le había dicho que siempre guardara la esperanza en el porvenir.

Triste y meditabunda pasó todo un año la doncella.

Nadie lograba arrancarle de sus eternos pensamientos y en el ajimez de la columna pasaba días enteros recordando como se despidió allí de Audallah.

Insensible a los encantos de otros amores, soñaba despierta que viajaba al otro lado del mar.

Una mañana reparó que sobre su ajimez favorito, había anidado una pareja de golondrinas.

La curiosidad le hizo reparar en una cinta que una de ellas traía atada al cuello.

Intuía que aquella golondrina pudiera traer noticias para ella interesantes, venidas de África.

Así aguardó a la noche, y cogiendo al pobre pajarillo dormido, le quitó la cinta del cuello, devolviendolo a su nido sin que apenas se diera cuenta.

Pudo ver entonces, grabada en la cinta esta inscripción:
“La ausencia mata, pero siempre aguardo”.

Su corazón no le había engañado.

Esperó al otoño, y cuando notó que las golondrinas se preparaban para partir, colocó al cuello de la mensajera de sus esperanzas otra cinta con
su letrero que decía:
“Esperar es vivir”.

Pero esperó en vano. Llegó la primavera, volvieron las golondrinas y
ninguna nueva de amor le trajeron a la pobre doncella enamorada.

Ésta enfermó agobiada por la tristeza, y cuando estaba peor de su dolencia, se
presentó Audallah con un séquito de esclavos.

Éste siéndole imposible vivir lejos de Leíla y de Granada, venía a hacerla su esposa.

La reacción fue inmediata.

La pobre Leíla se curó.

Se casó con el árabe, y se convirtieron al cristianismo, como mandaran los nuevos reyes.

Aún así, la historia tuvo mucha fama en aquella época, tanto así que aún hoy se conoce la casa  como la Casa de la Columna (situada junto a Santa Isabel).

La mansión aún hoy se conserva con su ajimez y su columna, un lugar favorito de las golondrinas.

Otra leyenda cuenta, que en aquella época y hasta hoy, se ha considerado a las golondrinas como un animal sagrado para los cristianos, ya que se decía que le quitaron las espinas de la corona a Jesucristo, que este las bendijo, y que estas se vistieron de luto tras su muerte.