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miércoles, 16 de septiembre de 2015

El Castillo de Andrade

Leyendas de Castillos. Leyendas Medievales.

El Castillo de Andrade


Situado sobre el monte Pena Laboreira, dominaba todo el valle de Eume y la comarca de Pontedeume,  la ría de Ares y el arenal de Cabanas.



Se levantó sobre una antigua fortificación del siglo XII o XIII.

La fortaleza tal y como la conocemos data del siglo XIV, por orden del señor de los Andrade, Fernán Pérez, el Bueno.

Aquellos terrenos pertenecían
 a los monjes de Sobrado, quienes no permitían su construcción.

Después de muchas disputas, D.Fernán apeló al rey Juan I que solventó el conflicto pagando
 10.000 maravedís mensuales a los monjes, con lo que se pudo al fín construir el castillo actual.

Desde entonces se le conoció como El Alcazar de los Andrade.

En cierta ocasión , la fortaleza fue asediada por Alonso Lanzos .
Don  Nuno Freire le capturó y le cortó una mano, encerrándolo después  durante cien días en una oscura mazmorra.
Dicen que luego lo enterró vivo en uno de los muros del castillo.


En el siglo XIX , fue restaurado , por orden del Duque de Alba, que era el propietario del castillo.

El castillo se alza sobre una gran roca que hace de defensa natural en gran parte de su contorno.

Está hecho con grandes bloques de sillería que le dan un aspecto robusto. La parte más allanada estaba separada de las murallas por un foso defensivo del que aún hoy puede apreciarse.

Este emplazamiento y sus reducido tamaño nos hace constar que el castillo era más bien un baluarte defensivo que una residencia nobiliaria.


La puerta de entrada, que es apuntada, está flanqueada por dos torreones y conserva dos de los escudos familiares.
 Detrás de esta se sitúa el patio de armas, también de reducidas dimensiones (140 m2). Existe también una planta subterránea, excavada en plena roca que era utilizada como calabozo.

Pero sin duda lo que más destaca es la imponente torre del homenaje.

Se levanta ni más ni menos que a 20 m de altura con una anchura de 10 m. En su día albergó tres sótanos y tres pisos. El de más arriba estaba cubierto con una bóveda de cantería de la que se conservan algunos restos. Por encima se situaba la almena desde la que se divisaba un amplísimo territorio.

Según las leyendas, el castillo estaba comunicado con el Palacio de los Andrade en pleno Pontedeume, por un pasadizo secreto de unos tres kilómetros de largo.

La Leyenda del Castillo del Hambre




Al pasar por delante de este castillo, todavía hay campesinos en el lugar que se santiguan diciendo:

 "Que Deus teña na gloria os que morreron no castelo da fame".

Una plegaria respetuosa que obedece a la romántica y cruel historia legendaria, transmitida de padres a hijos, entorno a un espantoso calabozo secreto que se dice existió en esta fortaleza y en el que dos jóvenes amantes fueron enterrados vivos.

Fué a finales del año 1389, cuando este castillo estaba al cuidado de un alcaide robusto y fuerte, un tanto presuntuoso y enamoradizo, llamado Pero Lopez. Un hombre violento y cruel que planificó y llevó a cabo la más horrible de las venganzas.

Le había echado el ojo a la joven Elvira, doncella de la Señora de Andrade, pero ella no correspondía a sus atenciones pues tenía amores con Mauro, el paje favorito del Señor por tratarse de su hijo bastardo. Ambas circunstancias, ser el preferido de Elvira y del propio Conde, fueron poco a poco aviviando las llamas del profundo odio que Pero Lopez llegó a profesar al joven Mauro.

Una tarde, bajó al Pazo de la Villa a arreglar unos asuntos y allí vió a Mauro y a Elvira cuchicheando y sonriendo. Se burlaban del amor que la joven había inspirado al viejo alcaide y, a carcajadas, le miraban con desdén. Pero Lopez, estremecido de rabia y de celos, les juró odio eterno y comenzó a maquinar su venganza, que a los pocos días llevó a cabo con la mayor sangre fría.

Ayudado por Zaid, un exclavo negro que le obedecía ciegamente como un perro y que para mayor suerte era mudo, narcotizó y secuestró a los jóvenes amantes, trasladando sus cuerpos desmayados a un subterráneo escondido en la torre del castillo del cual muy pocos tenían noticia. Se accedía a él bajando unas pendientes y ruinosas escaleras que conducían a una reducida estancia, húmeda y oscura. Allí, una de aquellas paredes mohosas se abría, manejando un resorte habilmente ocultado, dando paso a una celda maloliente y repugnante. Frente a frente, contra dos de los muros del lugar, depositó los cuerpos de los amantes, ambos sujetos con cadenas y atormentados con mordazas de madera.

Los dos jovenes estuvieron mucho tiempo suriendo el horroroso martirio de contemplarse en aquella situación de la cual no podían librarse. Mientras, el Señor de Andrade en vano intentaba dar con el paradero de su querido paje y de la doncella de su mujer, pero con el paso de los días fue haciendo caso a las habladurías del pueblo y creyendo que habían huído juntos.

Al cabo de los meses, una mañana ya de verano llevaron al Pazo de la Villa a Pero Lopez malherido. Había tenido una pelea con un escudero a causa de cierta hazaña que hiciera la moza de éste. Y cuando el Conde fue a verle a su lecho de muerte, escuchó del alcaide la confesión de su espantoso crimen, cuyos remordimientos le aterrorizaban en esa hora fatal de su vida: "Señor, os pido perdón. Fuí yo quien, por envidia y genio, enojado por el desprecio de Elvira, encerré en el subterránio de la torre a ella y a vuestro paje Mauro... Mi intención no era acabar con sus vidas, sino vengar mi corazón roto causando un profundo sufrimiento a los amantes. El esclavo negro les llevaba de comer, hasta que un día Mauro logró librarse de las cadenas y le atizó con el hierro dejándole malherido. Pero mientas el rapaz acudía a liberar a Elvira, el fiel Zaib se arrastró hasta llegar a la poterna y, aunque cayó muerto a la entrada del calabozo, tuvo tiempo de cerrar el muro impidiendo la salida de los jovenes. Al cabo de las horas, cuando lo eche de menos, baje al subterráneo y encontré al negro muerto, con la cabeza destrozada y ensangrentada... ¡Cogí miedo, Señor!, comprendí lo que había sucedido y no me atreví a descorrer el muro nunca mas, ¡y los infelices murieron de hambre!..."

Ante tan espantoso relato, el Señor de Andrade enterró su daga en el pecho del asesino de su hijo, arrancándole la poca vida que le restaba. Luego corrió al subterráneo del castillo, vertiendo lágrimas de desesperación y allí descubrió los cuerpos de los dos amantes, que se encontraban juntos en un abrazo de eterna despedida.

Después que les hizo un entierro casi regio en la Villa, el Conde se encerró en su castillo y pasó llorando los días que le quedaron de vida, a aquel hijo querido, muerto tan joven y de un modo tan horroroso.


Fuentes    Galicia Máxica