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jueves, 5 de mayo de 2016

El Castillo de Fernán González y La Cueva de los Siete Altares

Leyendas de Castillos. Leyendas Medievales.


El Castillo de Fernán González
y La Cueva de los Siete Altares


El castillo de Fernán González



Se asienta sobre una despejada colina junto a la Plaza Mayor de Sepúlveda (Segovia)





En su origen fue una fortaleza romana y más tarde una alcazaba árabe. Posteriormente fue edificado en tiempos del conde Fernán González.

Actualmente, de la antigua construcción sólo quedan tres cubos redondos de piedra.





Sobre el cubo central (el de más altura y que ocupa la posición central) se yergue una pequeña espadaña neoclásica con dos campanas de diferente tamaño a las que corona una cruz metálica con veleta.





Una de de las campanas, cuyo nombre es "Queda", se hacía sonar a las diez de la noche cuando la villa cerraba sus siete puertas.


Puerta de acceso de las murallas de Sepulveda


Junto a la torre central, entre los cubos, hay un balcón con una reja metálica que podría haber sido utilizado por el clero para disfrutar con discreción de las fiestas de la villa.




Adosado a la parte inferior de los torreones hay una edificación del siglo XVII con una fachada de dos niveles y una balconada corrida de tres puertas desde la que se presidían los torneos.







Sobre la balconada hay un escudo de la corona de España flanqueado por dos leones y sobre él el reloj de la Plaza están esculpidas las siete llaves de la villa.



Puerta de acceso de las murallas de Sepulveda



Según el Abad de Arlanza, fray Gonzalo de Arredondo, la conquista y repoblación de Sepúlveda se produjo a manos de Fernán González (en el año 940), cuando en una lucha cuerpo a cuerpo entre el Conde castellano y el Alcaide moro Abubad, le propinó un golpe de espada tan tremendo que atravesando todas sus protecciones, le decapitó  de un solo sablazo.





La cabeza puede hoy contemplarse en Sepúlveda en la blasonada "Casa del Moro".

Los Arevacos 

La Cueva de los Siete Altares


Los primeros datos sobre la ocupación de Sepúlveda hacen referencia a la II Edad del Hierro, entre los ss. V y II a.C., cuando se documenta la existencia de un poblado arévaco.

Los arévacos eran tribus celtas, que construían sus poblados sobre cerros para organizar una fácil defensa, rodeados de uno, dos y hasta tres recintos amurallados.

Se sabe con certeza que habitaron en los lugares de Osma (Uxama o Argaela, según el autor griego Ptolomeo) y Sepúlveda, donde en el cerro de Somosierra, al oeste de la villa, se encontraron restos de una necrópolis perteneciente a la antigua población.

Los aravacos, arevacos o arévacos (que de todas formas se les ha llamado) , se dedicaban a la agricultura y pertenecían a la más poderosa de todas las tribus celtíberas, extendiéndose sus poblados por casi toda la franja sur de la meseta del  Duero.

Sus núcleos eran independientes entre ellos, vivían en diferentes comarcas separados por las estructuras geográficas.

Eran pueblos todavía toscos y rústicos, regidos por distintos régulos o caudillos, sin unidad entre sí , ya que vivían en zonas muy aisladas.




Cifraban su gloria en perecer en los combates y consideraban una afrenta morir de enfermedad.

Parece ser que este pueblo no enterraba a sus muertos, sino que quemaba los cuerpos, ya que en sus lugares de asentamiento se han encontrado necrópolis de incineración; sin embargo, para los que perecían en combate no consideraban digno el quemar sus restos, sino que les enterraban en cuevas, en fosas primero y posteriormente en urnas.

Adoraban al dios Lug, divinidad de origen celta, al cual festejaban en las noches de plenilunios, bailando en familia a las puertas de sus casas.

También rendían culto a sus muertos y a un tal "Elman", o "Endovéllico", según atestiguan algunas inscripciones.

Tenían por costumbre dejar sus iconos, o imágenes de los dioses, en cuevas situadas en abruptos peñascales , a veces se trataba de las mismas grutas donde descansaban sus antepasados, y solían acudir a ellas en grupo, en días señalados para la ocasión.

 En estos lugares veneraban a sus divinidades y les solicitaban favores, dejándoles sus exvotos.


Ejemplo de casa celtibera


Se vestían con ropas oscuras , de lana de sus ganados, con capucha o capuchón cuando no llevaban el casquete que estaba adornado con plumas o garzotas.

En el cuello solían llevar un collar. Una especie de pantalón ajustado completaba su sencillo uniforme.
En las guerras usaban espadas de dos filos, venablos y lanzas con botes de hierro, que endurecían dejándolos enmohecer en la tierra.

Gastaban también un puñal rayado, y eran muy habiles en el arte de forjar las armas.

Se presentaban a las batallas en campo raso.
Interpolaban la infantería con la caballería, la cual en los terrenos ásperos y escabrosos echaba pie a tierra y se batía con la misma ventaja que la tropa ligera de infantería.

Utilizaban para sus batallas una formación en forma de triangulo que les hizo famosos entre los otros celtíberos y temibles ante los enemigos a los que se enfrentaban.


Interior de una casa celtibera



Las mujeres también se entrenaban para las batallas, ya que combatían al lado de los hombres en las guerras.

Sus cereales y reservas de víveres se guardaban en silos o graneros subterráneos donde se conservaban bien los granos durante largo tiempo.

La Cueva de los Siete Altares


Muy cerca de Sepúlveda, en el cañón que forman las Hoces del río Duratón en tierras de Sepúlveda se localizó, en los inicios de la Edad Media, una notable concentración de ermitaños que se refugiaban en pequeñas cuevas para practicar el culto al cristianismo.




Entre los lugares donde se refugiaron estos monjes destaca la Cueva de los Siete Altares, una iglesia o capilla rupestre que, aparentemente, constituye uno de los lugares de culto cristiano conocidos más antiguos.





La cueva es de muy reducidas dimensiones, de roca caliza, que aparece excavada en una de sus paredes con cuatro altares u hornacinas que, en todos los casos, semejan arcos de herradura y se encuentran decorados con decoraciones geométricas talladas o grabadas en la propia roca y pintadas de rojo.





El lugar se encuentra protegido por una reja que no impide la contemplación de los restos arqueológicos, y cuenta con un atril con información sobre las características del lugar y sus referencias históricas.





En el exterior puede apreciarse una quinta hornacina, de aspecto más sencillo que las interiores, así como los soportes para una posible cubierta o techado tallados en la roca.