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lunes, 9 de mayo de 2016

El Castillo de Torija y El Empecinado

Leyendas de Castillos. Leyendas Medievales.

El Castillo de Torija



Torija es un municipio de la provincia de Guadalajara, comunidad autónoma de Castilla-La Mancha.

Su nombre deriva del término latín “turrícula”, con el que los romanos aludían a las torres de vigilancia que situaron para controlar su paso por la península.

En el siglo VIII existíó en el valle un monasterio benedictino que más tarde fue propiedad de los caballeros Templarios, quienes aparecen en las primeras reseñas escritas ya en tiempos de la Reconquista.

Estos cruzados tuvieron una importancia decisiva, ya que fueron los artífices de la primera fortaleza medieval que posteriormente dio orígen a la villa.





La situación estratégica de Torija al final de un amplio valle, que en tiempos fue paso obligado entre Castilla y Aragón, propició la construcción de una atalaya
de vigilancia en torno a la cual se levantó el resto del pueblo.

El castillo, en su planta actual, data del siglo XV y fue obra de la familia
Mendoza que, desde su llegada a Castilla, estuvo vinculada a la localidad.





La fortaleza es de planta cuadrada y está construida con piedra caliza de la Alcarria.

Posee tres cubos cilíndricos y una esbelta Torre del Homenaje, donde en tiempos se alojaron los señores del castillo.

En su interior hay un patio de armas que tuvo un pozo con agua en el centro para abastecer a sus moradores. 





Dejó de ser habitada a finales del siglo XV y sólo en excepcionales ocasiones se usó durante el siglo XVI, para albergar a reyes como Carlos V o Felipe II, en
su camino hacia tierras de Aragón.

En su valle, y teniendo como referencia el castillo, se celebraron unas famosas justas, a modo de torneo de la época. Se conocen históricamente como el Paso Honroso, ya que se hicieron en honor del rey de Francia, Francisco I, hecho prisionero por Carlos V en la batalla de Pavía.

La historia de Torija está estrechamente ligada a la de su castillo. 
De él partía y a él llegaba la muralla que rodeaba la villa y de la cual se conservan algunos torreones de sus puertas y varios tramos, sobre todo en el lugar conocido como Carralafuente, donde sigue en pie una vieja barbacana que mira al valle. 





En el interior de los muros se hicieron fuertes los navarros, en concreto las tropas mandadas por Juan de Puelles, en una de sus incursiones por Guadalajara. 

Aquí resistieron durante dos años las numerosas y brutales embestidas de las tropas del Marqués de Santillana y del arzobispo de Toledo que finalmente
conquistaron Torija para el reino de Castilla.

Desde época medieval Torija contó con una Feria de Ganado, de las más prestigiosas de Castilla, que estuvo en auge hasta finales de los años sesenta. 

En la Guerra de la Independencia, el castillo sirvió de refugio al famoso guerrillero Juan Martín "El Empecinado" que acabó volando sus muros para que no pudieran ser utilizados por las tropas francesas. 

Durante la guerra civil de 1936 Torija y su castillo formaron parte del frente de la famosa Batalla de Guadalajara, sufriendo graves deterioros en sus edificios.





El castillo fue reconstruido en el año 1962 y desde entonces hasta nuestros días ha sufrido varias transformaciones. 

Tiene planta cuadrada con torreones esquineros de planta circular. 
Está construido con piedras de sillería y tiene en los muros unos garitones
circulares rematados por vistosas almenas. 

Posee en sus cortinas laterales y en los torreones esquineros una airosa cornisa, desprovista de las almenas que tuvo en su día.





La gran Torre del Homenaje es el elemento que concede mas carácter al castillo. 
Es de gran altura con muros perforados por escasos vanos y torreoncillos muy delgados adosados a las esquinas y rematada con una cornisa amatacanada. 

El Castillo fue destruido durante la Guerra de la Independencia y reconstruido en 1962.

En la antigua mazmorra situada en la planta baja de la Torre del Homenaje, se encuentra la sala de exposiciones donde periodicamente se exhiben obras de pintura, fotografía y artesanía de artistas muy reconocidos.





En las tres plantas superiores de la torre se encuentra el Museo del libro
"Viaje a la Alcarria", compuesto por tres salas a las que se accede por una
escalera de caracol, con numerosas ediciones en varias lenguas, incluido el chino, del libro de Camilo José Cela, así como fotografías de los personajes y paisajes que aparecen en él además de diversos utensilios y enseres que Cela menciona en la obra, tales como antiguas colmenas, prensas, instrumentos de pesar y
medir, de uso común en La Alcarria en los años cuarenta.

El Empecinado


Juan Martín Díez, llamado «el Empecinado» (Castrillo de Duero, Valladolid, 5 de septiembre de 1775 - Roa, Burgos, 20 de agosto de 1825) fue un militar español, héroe de la Guerra de la Independencia Española en la que participó como jefe de una de las guerrillas legendarias que derrotaron repetidas veces al ejército napoleónico. 

Su figura fue tratada por Benito Pérez Galdós en la novela Juan Martín el Empecinado, parte de las Episodios Nacionales y retratado por Francisco de Goya.




Cuando el rey Fernando VII regresó a España y restauró el absolutismo, tomó medidas contra los que consideraba enemigos liberales, entre otros el Empecinado, que fue desterrado a Valladolid. 

En 1820 el Empecinado volvió a las armas, para luchar contra las tropas reales de Fernando VII. 

Al parecer, el rey Fernando VII intentó que el Empecinado se adheriese a su causa (a pesar de previamente haber jurado la Constitución de Cádiz) y se uniera a los «Cien Mil Hijos de San Luis»; ofreció otorgarle un título nobiliario y una gran cantidad de dinero, un millón de reales.

La respuesta del Empecinado fue: «Diga usted al rey que si no quería la constitución, que no la hubiera jurado; que el Empecinado la juró y jamás cometerá la infamia de faltar a sus juramentos».

En 1823 acaba el régimen liberal. 
Juan Martín marchó entonces al destierro en Portugal. Decretada la amnistía el 1 de mayo de 1824, pidió un permiso para regresar sin peligro, permiso que le fue concedido. Pero Fernando VII no estaba dispuesto a someter sus odios a la benevolencia del decreto y el 23 de mayo había ordenado: «Ya es tiempo de de coger a Ballesteros y despachar al otro mundo a Chaleco y el Empecinado».

 Volviendo el Empecinado a su tierra con unos 60 de sus hombres que le habían acompañado como escolta a Portugal, fue detenido en la localidad de Olmos de Peñafiel junto con sus compañeros por los Voluntarios Realistas de la comarca.



Llevados los presos a Nava de Roa, fueron entregados al alcalde de Roa, Gregorio González Arranz, que lo trasladó a esta localidad, 

«...a pie, delante de mi caballo y llevando yo el cabo de la cuerda con que tenía amarrados los brazos».

Al llegar, el populacho, sin haber recibido orden de superior alguno, había montado en la Plaza Mayor un tablado y el preso fue subido allí, donde fue insultado y apedreado. 
Fue encerrado con sus compañeros en un antiguo torreón donde, permaneció hasta que se quitó la vida al Empecinado.

La causa debería haber sido llevada a la Real Chancillería de Valladolid, donde el militar liberal Leopoldo O'Donnell habría conseguido que fuese juzgado con benevolencia, pero el corregidor de la comarca Domingo Fuentenebro, enemigo personal del preso, dio parte al rey que lo nombró comisionado regio para formar la causa en Roa que quedó concluida el 20 de abril de 1825.

La cual «...puesta en manos de su Majestad... aprobó la sentencia dictada en la que se condenaba al Empecinado a ser ahorcado en la Plaza Mayor de Roa...».

La ejecución se llevó a cabo el 20 de agosto de 1825. 

Murió ahorcado en lugar de ser fusilado.
El alcalde de Roa, que llevó a cabo los preparativos de la ejecución y fue testigo de la misma, dijo del Empecinado:

"Cuando se dio cuenta de que lo iban a subir por la escalera del cadalso, dio tan fuerte golpe con las manos, que rompió las esposas. 

Se tiró sobre el ayudante del batallón para arrancarle la espada, que llegó a agarrar; pero no pudo quedarse con ella porque el ayudante no se intimidó y supo resistir. 

Trató de escapar entonces en dirección a la Colegiata y se metió entre las filas de los soldados. 
La confusión fue terrible. 
Tocaban los tambores, corrían despavoridas las gentes sin armas y las autoridades; los sacerdotes y el verdugo se quedaron como paralizados... 

Por fin, los voluntarios realistas pudieron sujetarlo y lo colocaron en el mismo sitio donde estaba cuando rompió las esposas, esto es, junto a la escalera de la horca... 

Se dio la última orden ..."