Buscador de Castillos

jueves, 30 de junio de 2016

Daroca y La leyenda de las Ocas

Leyendas de Castillos. Leyendas Medievales.


Daroca y La leyenda de las Ocas


Daroca es una ciudad y municipio de la provincia de Zaragoza, Comunidad Autónoma de Aragón, en España.

Está situada en la depresión del río Jiloca.
Se trata de un conjunto fortificado rodeado de murallas construidas entre los siglo XIII Y XVI y conservadas prácticamente en su integridad.



Destacan en ellas dos puertas defensivas situadas en las dos entradas principales de la ciudad, la Puerta Baja, remodelada en el siglo XVI con dos torreones cuadrangulares, y la Puerta Alta, transformada en el siglo XVII.

Cuenta además con otras puertas como la de Valencia o la mudéjar de San Martín de la Parra.

En Daroca había tres castillos, el Mayor, el de la Judería y el de San Cristóbal o Torre del Andador.

Las murallas de Daroca  definen la ciudad.
A pesar de no tener la unidad estructural que presenta el recinto de Ávila o el de Lugo, es mucho más variado y complejo que cualquier otro.

Es obra de muchos años y muchos tipos de elementos constructivos.
Ciento catorce torreones se disponen a lo largo de los cerca de cuatro mil metros de trazado amurallado que rodea la ciudad.



El recinto de Daroca fue comenzado por los musulmanes al poco tiempo de su presencia en la Península ibérica.

Las murallas musulmanas englobaban el actual castillo Mayor, alcazaba de la ciudad islámica y de allí ascendían por el cerro de San Cristóbal hasta la cima, para descender hasta el actual muro de los Tres Guitarros, desde donde cortaba los barrancos de la Grajera y Valcaliente para enlazar con la base del castillo Mayor, encerrando en su interior a la medina islámica.



Desde 1142 la ciudad, ya cristiana, creció considerablemente y fue necesario ampliar el recinto para englobar en su interior los nuevos barrios que habían surgido al exterior de la ciudad musulmana; se cerró así un amplísimo recinto tal y como queda en la actualidad; uniendo lo cerros de San Cristóbal y de San Jorge, con dos puertas magníficas, la Alta y la Baja, a ambos extremos de la calle Mayor.

La Puerta Baja es una de las entradas monumentales más imponentes de todo el país. Grandiosa en toda la extensión del término, la Puerta Baja de Daroca dispone de enormes torreones flanqueando un amplísimo arco.



Desde aquí se puede ascender a la puerta del Arrabal, un pequeño portillo abierto en la muralla y seguir por el exterior de la muralla hasta llegar al torreón de los Tres Guitarros que recibe este nombre por tener tres pequeñas ventanas cuyos vanos recuerdan la figura de este instrumento musical.

Es un torreón redondo al lado del cual todavía quedan restos de la antigua iglesia de San Valero, una de las diez parroquias de la ciudad hasta que en el año 1232 quedaron reducidas a 7, quedando San Valero convertida en una simple ermita.




La torre siguiente, destruida en vertical la mitad de la misma, es la llamada del Águila, tiene planta cuadrada y está construida en mampostería, con sillares reforzando las esquinas. Puede fecharse en el siglo XIV, con motivo de la Guerra de los Dos Pedros entre Aragón y Castilla.



Desde allí se asciende a lo más alto del cerro, donde se asienta el torreón y castillo de San Cristóbal. Se trata de un pequeño recinto amurallado que consta de un gran torreón de mampostería con las esquinas reforzadas con sillares y entrada elevada del siglo XIV, y una pequeña torre de mampostería en la parte más alta de la cima y que actualmente apenas conserva dos metros de altura que puede datar de época musulmana.



Desde San Cristóbal el cinturón de murallas desciende por una acusada pendiente hasta el muro llamado del Jaque (recientemente denominado como de la Pólvora); este tramo es uno de los mejor conservados de todo el recinto, realizado aquí a base de tapial cubierto con mampostería y argamasa; los torreones que alternan este tramo son de planta cuadrada, resaltados tanto en altura como hacia el exterior, sirviendo a la vez de torreones defensivos y de contrafuertes.



El torreón del Jaque ha sido restaurado recientemente, reparando partes del mismo que se hallaban muy dañadas. Es una torre construida y rehecha varias veces, por lo que presenta una gran variedad de aparejos, aunque domina el mampuesto y el tapial.



Este torreón, enlaza con la gran mole del castillo Mayor, antigua alcazaba musulmana, que constituye la principal fortificación del recinto defensivo.
A su lado destaca la llamada torre de Zoma, construida en mampostería y que debió formar parte de la alcazaba musulmana.



Desde el castillo Mayor las murallas descienden hacia la Puerta Alta.
Tras una zona de tramos murados muy alterados y semiderruidos, se ubica el torreón de la Sisa, de planta pentagonal, que ha sido restaurado.

Tras un largo tramo se llega a la torre de los Huevos, que fue derruida en parte por una tormenta y restaurada hace pocos años, de planta pentagonal y construida en piedra sillar.

 Al lado mismo de ella se abre la Puerta Alta. El portal, que conservó la puerta de madera hasta principios de este siglo, se cierra con arco apuntado en sillares, rematado por el escudo de la ciudad.

En el escudo de Daroca aparece un campo de plata donde hay una muralla de su color natural en forma de recinto y rodeando el escudo; en la parte superior e inferior del mismo dos puertas fortificadas por dos torreones y dos más de éstas en el recinto amurado.

Dentro del recinto y en el jefe hay seis roeles de gules cargados de una cruz, dispuestos de dos en dos, y debajo seis ocas o patos de su color adosados o dispuestos de dos en dos y que miran hacia los laterales del escudo.

Una votiza ondeada de azur va de una a otra puerta del cinturón de muralla y sobre las torres que flanquean la puerta del frente hay dos banderolas con los bastones de gules de Aragón sobre oro; el jefe lleva la leyenda
«Non fecit taliter omni natione».

La leyenda de las Ocas de Daroca





D. Alfonso el Batallador había conquistado la importante plaza de Daroca.

El caballero D. Sancho Enecón, sucesor del Duque de Villahermosa y alcaide del castillo de Daroca, iba ganando terreno a los moros, y era entonces Señor de toda la comarca y dueño de sus castillos.

    De varios moros principales que no quisieron someterse al yugo del vencedor cuando Daroca les fue arrebatada, unos se marcharon a Molina, otros a Cuenca y Guadalajara y bastantes a Valencia.


En todas las regiones eran entonces los moros muy numerosos y tenían gran poderío.

Sin embargo, las armas del Batallador habían llenado de pánico, no sólo a las plazas fronterizas del reino de Aragón, sino hasta a las más importantes como eran Córdoba y Granada.

    Desde Daroca hasta cerca de Valencia, excepto las fortalezas y castillos, casi todos los pueblos estaban desiertos y abandonados; los campos sin cultivar , por las carreteras y caminos no transitaban las gentes, ni ninguna clase de vehículos, ni viajeros, pues toda la comarca vivía aterrorizada por las numerosas partidas de moros bandoleros y feroces que por todas partes se escondían.

    No había día que no sucediesen trágicos acontecimientos, y que no salieran los intrépidos vasallos de D. Sancho y tuviesen sorpresas, escaramuzas, y a veces reñidísimos combates, sobre todo cuando se apoderaron de los castillos de Anento, Báguena, y Cutanda entre otros.


 
El peligro era constante, el personal de defensa muy escaso, los enemigos muy numerosos y astutos, y por eso el rey mandó que los centinelas vigilasen de día y de noche el castillo y la ciudad; esto lo ordenó como buen conocedor de la traidora conducta de los moros y previendo, sin duda, lo que había de acontecer.

Era rey de los moros de la serranía de Cuenca el Jerife Omar-ben-Ahmed, hijo de Ahmed-ben-Ibraim, que con otros caballeros había muerto en la famosa batalla de Cutanda, era un guerrero altivo y ambicioso que emprendía grandes acciones con todos los bríos de su fogosa juventud.

Con pretexto de vengar la muerte de su padre, mandó pregonar entre sus vasallos la guerra santa y determinó apoderarse de la llave del reino de Aragón, la fuerte y antigua Darwaca, que Abén-Gama había perdido.

Para esto entró en secretas relaciones con los moros y judíos de aquella plaza, por medio de un alfaquí o doctor, que se decía Jahy-ben-Jaldum.


 
Este, llamado por el Jerife, se presentó ante él, grave le dijo:

      -Quizá, Jahy-ben-Jaldum, os extrañe este llamamiento; pero es preciso que yo os declare mi proyecto, porque necesito para realizarlo el auxilio de vuestra ciencia.
      -Gracias, el Jerife; estoy dispuesto a serviros en todo cuanto me sea posible.
      -Ya sabéis que mi padre murió en la celada de Cutanda; pues bien, la sombra de Ahmed-ben-Omar-Ihrahim ha hablado; su voz, como delgado viento, ha erizado mis cabellos y ha pedido venganza, y mi cimitarra será la vengadora de la muerte de mi padre y la que ha de recobrar las ciudades perdidas que se extienden hasta el otro lado del Ebro. 


  -La guerra santa está ya pregonada, mis tropas dispuestas; sólo espero el momento oportuno. Saldréis de aquí esta noche, cruzaréis esa sierra que está ahí enfrente, caminaréis hacia oriente, y cuando lleguéis a una llanura donde nace un abundante y cristalino río que muere cerca del castillo de Ayud, siguiendo el curso de sus aguas por una fértil y hermosa vega, descubriréis una villa, escondida entre dos montes guarnecidos de murallas: fue la perla de Abén-Gama, llave del reino y sultana del Jiloca.  

    -La conozco.
    -Oh, mejor todavía.
    -He vivido veinte años en ella y conozco a los principales moros y a los más acreditados comerciantes judíos.
    -Allí viven nuestros hermanos, esclavos de los adoradores del Nazareno, olvidándose de Alá y de su Profeta, y nuestros partidarios los judíos no piensan ya más que en sus mercancías y riquezas. 
  -¡Oh, alfaquí!; es preciso que vayáis vos, que poseéis el don de la fascinación y de la elocuencia, y preparéis los ánimos de aquellos nuestros hermanos para el día de la lucha y del asalto.
    -¡Oh, el Jerife de Cuenca! Asunto peligroso es el que me encomendáis; el camino está sembrado de espías, la población murada no permite fácil acceso, y nuestros hermanos son continuamente vigilados.
    -Os disfrazáis de cristiano.
    -Muy bien, así lo haré; pero si dentro de pocos días llego a faltar, podéis creer que he caído muerto o prisionero.
    -Alá os guarde.
    -Id en paz.



 Las huestes de Daroca hizo en aquellos días unas correrías internándose por tierras de Cuenca y Guadalajara, y en uno de aquellos montes divisaron a un moro que corría vestido de cristiano, y lo cogieron prisionero.

Disfrazado como iba, lo trajéron a Daroca y lo encerraron en las mazmorras del castillo.

A no haber sido por un soldado que fue su esclavo y lo reconoció al instante, el moro, seguramente, después de engañar a los cristianos, hubiera conseguido preparar la sorpresa que intentaba.

    Habían pasado diez días y era de extrañar que durante aquel tiempo por ninguna parte del país se veían partidas de moros, antes tan frecuentes y numerosas.
Es que el Jerife estaba reuniendo tropas.

Era de noche; una densa oscuridad hacía invisibles todos los objetos; un silencio sepulcral reinaba, sólo interrumpido por esos extraños ruidos nocturnos y por el rumor de las aguas murmurantes del río; los centinelas, cansados por las fatigas del día, con el arma en la mano, se habían rendido al sueño, completamente descuidados, sin recelar sorpresa alguna.

Ligeros como el viento galopan los jinetes del Jerife, atravesando sierras y llanuras.
Ya levantan inmensa polvareda por los llanos de Gallocanta;
ya bajan como tempestad devastadora por las empinadas cumbres de la sierra de Used, y los centinelas duermen, y la población va a ser tomada por asalto, y los cristianos pasados a cuchillo.
  'Ay de la antigua Daroca! ¡Alerta, centinela, alerta!



 

Delante del ejército, y espantadas por el ruido de las armaduras y el relincho de los caballos, levantan el vuelo una bandada de ocas , que pasando por encima de las murallas de la población, despiertan con sus graznidos ásperos y discordantes a los descuidados centinelas.

El primero que despierta, al oír el ruido de las armas y el galopar de los corceles, y al ver desde su almena la muchedumbre de gentes que venía, aturdido, confuso, con voz trémula y desesperante, grita:

«¡Alerta, centinela! ¡El enemigo! ¡A las armas!»
El centinela más próximo, responde: «¡Alerta! ¡El enemigo!»,
y a su vez un tercero exclama también: «¡Alerta! ¡Alerta! »
Y las voces de «¡Alerta! ¡El enemigo! ¡A las armas!»,
 van resonando trágicamente de torreón en torreón, de cerro en cerro, hasta llegar a los últimos rincones de las pacíficas moradas de Daroca.

    Todo es confusión y movimiento.
Suenan por las calles los tambores y clarines; los soldados se arman y corren precipitadamente a los lugares de defensa; las banderas tremolan desplegadas sobre los altos muros, se oyen gritos de mando y hasta los vecinos que no tienen armas salen de sus casas, unos con cuchillos, otros con hoces, éstos con picos, aquéllos con segures, y todos corren, rebosando de furor y coraje, a defender sus hogares de la perfidia y venganza de los agarenos.

    Al resplandor de la luna, que entonces asomaba por el horizonte, se vén los dos cerros que circundan la población, cubiertos de hombres armados.
En la margen opuesta del Jiloca se hallan las tropas del Jerife, disponiéndose para el asalto.
A una señal dada, cruzan el río y el Escudo antiguo de Daroca se despliegan en dos alas para rodear por todos lados a un tiempo la fortificada población.

Comienza el ataque; las saetas silban, zumban en el aire las piedras, chocan y crujen las armas, y hasta el mismo Jerife cae de su caballo, herido de un flechazo.

 

Desde entonces y en memoria de esta famosa batalla, y su gran vistoria, en Daroca se sustituyeron los antiguos cinco lirios de su escudo por las seis Ocas que ahora vemos en él, como símbolo de la vigilancia.

Fuentes.-
http://www.daroca.es/
http://www.daroca.info/