Buscador de Castillos

martes, 6 de septiembre de 2016

Montilla y El Gran Capitán

Leyendas de Castillos. Leyendas Medievales.


Montilla y El Gran Capitán






Montilla es una localidad española situada en la provincia de Córdoba, Andalucía.
Su nombre proviene de la época musulmana, Montiya, anterior a la castellanización de la terminación -iya del árabe, que denomina a grupos humanos en toda su extensión, como agrupaciones, pueblos o ciudades.
Toda esta zona, a la que se la conocía como Mondelia estuvo poco poblada y lindaba con las poblaciones de Cabra y Córdoba.
Era la Montilyana de los Anales Palatinos de Alhakén II.



Históricamente destaca por ser cuna de Gonzalo Fernández de Córdoba, el Gran Capitán, nacido en 1453 en el castillo cuyas ruinas presiden la ciudad, propiedad de su padre, Pedro Fernández de Córdoba, Señor de Aguilar.

En 1630, el Rey Felipe IV de España le concedió el título de ciudad a la localidad.

Es famosa por la calidad de su uva Pedro Ximénez, de la que se elaboran los acreditados vinos de Montilla, y junto con la cercana Moriles y otras localidades cordobesas integra la comarca vitivinícola con Denominación de Origen Montilla-Moriles.



Desde el Paleolítico Inferior se conocen restos de ocupación humana en Montilla, al igual que en toda la Campiña.

En las inmediaciones del Castillo de Montilla, tras diversas excavaciones arqueológicas desarrolladas en el Cerro donde se asienta, se ha constatado la existencia de un antiguo poblado prerromano en sus laderas.

La presencia de restos arqueológicos, como una estatua de Diana cazadora o de vías romanas, hacen pensar en que hubiera un núcleo hispanorromano.



Cerca de Montilla, en la zona de Llanos de Vanda se suele ubicar la Munda, librada en el año 45 a.C, en la cual se enfrentaron Julio César frente a Cneo y Sexto Pompeyo, hijos de Pompeyo el Grande. Tras la victoria de Julio César, este volvió a Roma para ser nombrado dictador.

Sin embargo, los historiadores y estudiosos aún no están seguros de esta localización, ya que nunca ha aparecido ninguna prueba definitiva que confirme la relación de Montilla con Munda.

Su proximidad a la vía de Corduba a Malaca y otras secundarias dan testimonios de que el lugar estaba habitado y había una intensa actividad agrícola. De fecha anterior a éstos, son los restos de poblamientos tartésicos e íberos hallados en el recinto del castillo.

Poco se conoce de Montilla durante la primera época de la Edad Media, incluyendo su propio origen, hasta su incorporación a la corona castellana en 1240, durante la segunda estancia de Fernando III de Castilla en Córdoba.



En 1257 pasó a depender de Gonzalo Yáñez Dovinal, a quien Alfonso X el Sabio concedió en señorío la villa y castillo de Aguilar, del que dependería Montilla hasta 1343, fecha en que se extinguió el linaje de la Casa de Aguilar.

Los restos del antiguo Castillo de Montilla están situados en la cima de un montículo, que desde el norte domina a toda la población.

Se trata del castillo de los antiguos señores de Aguilar, grandiosa fortaleza medieval que en el año 1508 mandó derribar Fernando el Católico como castigo a la rebelde conducta de don Pedro Fernández de Córdoba, primer marqués de Priego.



En esa fecha quedó arrasado todo el recinto, aunque algunos vestigios y testimonios diversos permiten saber que se trataba de un extenso conjunto de disposición trapezoidal rodeado de numerosas torres, que llegaron a llamarse la Dorada, del Sol, del Centinela, de la Defensa, de Minerva y de Diana.

Pese a que, en 1510, la reina doña Juana concedió el perdón y con él autorización para poder reconstruir el castillo, nunca se hizo, y sólo en el siglo XVIII se construyeron en su solar los graneros ducales, inmensa fábrica de sillería que se levanta sobre las demás construcciones de la ciudad.



Sus obras se hicieron en tiempos de Nicolás Fernández de Córdoba, duque de Medinaceli y marqués Priego; alrededor de 1722.

La estructura tiene tres plantas, la primera de ellas con cinco naves y la segunda con sólo tres, comunicándose ambas con rampas para así facilitar la subida del grano.

Estas rampas se ubican en el vestíbulo, el cual tiene por ingreso una portada con pilastras, no muy distinta a la que se puede ver en las obras religiosas de le época.

El castillo fue comprado en 1998 por el Ayuntamiento de Montilla para destinarlo como el futuro Museo del Vino.

Aquí nació

Gonzalo Fernández de Córdoba

El Gran Capitán





Gonzalo Fernández de Córdoba y Enríquez de Aguilar , nació en Montilla, el 1 de septiembre de 1453.

Su padre, el caballero D. Pedro Fernández de Aguilar, V señor de Aguilar de la Frontera y de Priego de Córdoba era pariente del que sería el rey Fernándo el Católico y era miembro de la nobleza andaluza.
Al morir muy joven, su madre Dña. Elvira de Herrera y Enríquez, sobrina de Juana Enríquez, reina consorte de Aragón, y verse viuda, envió a sus dos hijos a estudiar a Córdoba.




Gonzalo, siendo el segundo hijo fue incorporado como paje en la corte, al servicio del príncipe Alfonso, hermano de la futura reina Isabel I de Castilla, y cuando este murió, pasó a formar parte del séquito de la princesa Isabel.

A partir de entonces, se convirtió en uno de sus mas fieles caballeros, defendiendo siempre la causa isabelina, llegando algunos a insinuar que entre ellos había algo mas que amistad, aunque núnca hubo ningún testimonio que lo acreditase.

En 1479, durante la batalla de Albuera, luchando contra Portugal ya destacó como uno de los más bravos guerreros de las filas del maestre de la Orden de Santiago, D. Alonso de Cárdenas.





Contrajo matrimonio con su prima Isabel de Montemayor, que murió en seguida al dar a luz a su primer hijo.
Como regalo de boda su hermano le había regalado la alcaldía de Santaella.
Allí cayó prisionero de su primo y enemigo Diego Fernández de Córdoba y Montemayor, conde de Cabra, que lo tuvo encerrado en el castillo de Baena durante cuatro años, hasta que la Reina Isabel la Católica, intercedió por él, pagando un rescate y rescatándole del encierro.

Pero fue en la Guerra de Granada, cuando destacó entre los demás soldados.
En el asalto de Antequera y en el sitio de Tájara, situada en el actual Torres de Huétor-Tájar, en Granada, demostró sus grandes dotes de mando.
Tomó la plaza de Íllora, Montefrío, donde mandó el cuerpo al asalto, siendo el primero en trepar a la muralla a la vista del enemigo.

En Loja consiguió hacer prisionero al monarca nazarí Boabdil que se entregó tras pedir clemencia para los habitantes de la localidad, después viajaron juntos hacia la corte del rey Fernándo.

Durante el trayecto nació entre ellos cierta amistad.

En 1486 fue nombrado Alcaide de Íllora con la misión de intermediar con las discrepancias con Boadbil, apoyado por los Abencerrajes y el Zagal.


La rendición de Granada.- Francisco Pradilla y Ortiz



En estos años volvió a casarse, esta vez con María Manrique de Lara y Espinosa, una de las damas de compañía de la Reina Isabel la Católica, del linaje de los duques de Nájera con quien tuvo dos hijas.

Una noche, justo antes del fin de la guerra de Granada, estuvo a punto de morir en una refriega que estalló en las afueras de la ciudad, ya que cayó del caballo y le hubieran matado allí mismo si no llega a ser por un leal servidor de la familia que le entregó su caballo y le salvó la vida.

Espía y negociador, se hizo cargo de las últimas negociaciones con el monarca nazarí Boabdil para la rendición de la ciudad a principios de 1492.

En recompensa por sus destacados servicios, recibió una encomienda de la Orden de Santiago, el señorío de Órgiva, en Granada.

Cuando murió el rey Fernando I de Nápoles, en 1494 heredó el trono su hijo Alfonso II de Nápoles.

Ante esta situación Carlos VIII de Francia decidió atacar los territorios de Italia y conquistarlos.

Cuando Fernándo descubrió las intenciones de Carlos VIII, actuó con rapidez, considerando a Nápoles un territorio infeudado al Papa, también era de su incumbencia.

En 1495 se convoca a los puertos del Cantábrico y de Galicia para que aporten naves que debían concentrarse en Cartagena y Alicante, y ponerse a las órdenes del general de las galeras de Sicilia.

Se reúnen sesenta naves y veinte leños, y embarcan 6000 soldados de a pie y 700 jinetes con Gonzalo Fernández de Córdoba al frente de la expedición.



Pasa la flota a Calabria, ocupandola junto a los pueblos circundantes.
El rey de Nápoles, Alfonso, es derrotado en Seminara.
Mientras Fernández de Córdoba maniobra con gran habilidad y tiene varios éxitos, entre los que se incluyen la larga marcha a Atella.

El duque de Montpensier, lugarteniente de Carlos VIII, decide salir de las murallas de la ciudad para evitar el desembarco, y el pueblo de Nápoles, al ver salir las tropas francesas, se subleva, teniendo que refugiarse los pocos franceses que quedaban en los castillos Nuevo y del Huevo.

Montpensier se ve obligado a retirarse hacia Salerno, y Nápoles cae en poder de los españoles.
Fallece el rey Ferrante II de Nápoles (1496) y le sucede su tío Don Fadrique.



Mientras tanto en las filas francesas se declara la peste, y fallece Montpensier con muchos de sus soldados, los supervivientes embarcan hacia Francia, pero un furioso temporal hunde sus naves.

Una vez asegurado el reino de Nápoles para Don Fadrique, reúne a sus tropas con intención de disolverlas, pero el Papa le pide ayuda.

Un tal Menaldo Guerra, corsario vizcaíno, se había apoderado de Ostia y su castillo bajo bandera francesa, cerrando el Tíber y sometiendo a contribución a Roma.

Durante cinco días las baterías españolas martillearon las fortificaciones hasta abrir brechas en las murallas. Ostia fue tomado al asalto.

Pocos días después el Gran Capitán era aclamado en Roma.
Al recibir al general español, Alejandro VI se atrevió a acusar a los Reyes Católicos de hallarse mal dispuestos con él; pero Gonzalo replicó enumerando los grandes servicios que a la causa de la Iglesia habían prestado los reyes y tachó al Pontífice de ingrato y le aconsejó en tono brusco que reformara su vida y costumbres pues las que llevaba causaban gran escándalo en la cristiandad.



A pesar de esta reprimenda Alejandro VI concede a Fernández de Córdoba la Rosa de Oro y el Estoque bendito.
Después de tres años de campaña, en 1498 regresan a España las tropas españolas, dejando el reino de Nápoles en manos de Don Fadrique.
En esta campaña Gonzalo Fernández de Córdoba gana su sobrenombre de El Gran Capitán y el título de duque de Santángelo.

Ya en 1500, Fernando II de Aragón y Luis XII de Francia firman el Tratado de Chambord-Granada, en el que se repartían el reino de Nápoles, adjudicando al francés las provincias de Labor y los Abruzos, con los títulos de rey de Nápoles y de Jerusalén y el aragonés el resto, con el título de duque de Apulia y de Calabria.

Llegó una petición de ayuda de Venecia, cuya plaza de Modón, en el Peloponeso (Grecia), estaba siendo atacada por los turcos.

Desde española se prepara en Málaga una armada de 60 velas que transporta 8000 hombres de infantería y caballería, que manda Gonzalo Fernández de Córdoba como capitán general de mar y tierra.

Llegan las naves a Mesina, después de una penosa travesía, pues llegó a escasear el agua, muriendo algunos hombres y muchos caballos.

En Mesina se unen a la expedición unos 2000 soldados españoles que se habían quedado en Italia en la expedición anterior, y varias naves vizcaínas, entre las que es de suponer que estaba la de Pedro Navarro.

Las lanzas o La rendición de Breda.- Diego Velazquez


El 27 de septiembre se hacen a la mar, llegando el 2 de octubre a tiempo para socorrer Candía.
Se une a la expedición la flota veneciana y dos carracas francesas con 800 hombres.
Acuerdan tomar Cefalonia, comenzando el asedio a la isla el 8 de noviembre y terminando el 24 de diciembre con la conquista de la fortaleza de San Jorge. Vuelven a Sicilia con muchas penalidades y algunos motines debido a la escasez.

En 1501 el Papa hace público el acuerdo secreto entre Francia y España, y los franceses ocupan su parte con 20.000 hombres, encontrando resistencia sólo en Capua.



El rey de España ordena al Gran Capitán ocupar su parte, pero en Tarento encuentra resistencia a su avance. La plaza está bien fortificada y defendida, por lo que se establece el sitio terrestre y el bloqueo naval, apresando Juan de Lezcano una nave con artillería y municiones para la plaza.

Ante la imposibilidad de hacerlo por mar, debido a las fuertes defensas, se pasan por tierra 20 carabelas a la bahía interior de Tarento, y se ataca a la plaza por donde no tenía defensas.



Así, en 1502, Tarento se rinde al Gran Capitán, con lo que españoles y franceses han ocupado cada uno su parte del reino de Nápoles.
Se rompe el acuerdo.

Desde el principio se produjeron roces entre españoles y franceses por el reparto de Nápoles, que desembocaron en la reapertura de las hostilidades.

La superioridad numérica francesa obligó a Gonzalo Fernández de Córdoba a utilizar su genio como estratega, concentrándose en la defensa de plazas fuertes a la espera de refuerzos.

A finales de 1502 los españoles se atrincheran en Barletta, en la costa adriática. El Gran Capitán rehúsa la batalla campal, pese al descontento de sus soldados, pero organiza una defensa activa.



Cuando llegan refuerzos y comprueba que los franceses han cometido el error de dispersarse, da la orden de abandonar Barletta y pasa a la ofensiva, toma la ciudad de Ruvo di Puglia y logrando la victoria en la batalla de Ceriñola, en la que aplasta a las tropas francesas, en pocos minutos 3000 cadáveres suizos y franceses quedan tendidos en el campo de batalla.

Pero aun la guerra no estaba terminada y poco después Gonzalo Fernández de Córdoba tomó la fortaleza de Castel Nuovo y Castel dell'Ovo.

El resto de tropas francesas marcha a Gaeta en espera del envío de refuerzos. Luis XII envía otro gran ejército al mando del mariscal Louis II de la Trémoille con 30.000 soldados, incluidos 10.000 jinetes y numerosa artillería.



La noche del 27 de diciembre de 1503 el ejército español cruza el Garellano sobre un puente de barcas y sorprende al día siguiente al ejército francés que huye en desbandada.

Los franceses dejaron en el campo de batalla varios millares de hombres, se calcula que tres o cuatro, con todos sus bagajes, las banderas y la artillería.

Las bajas españolas no se conocen pero también debieron ser elevadas.


Al día siguiente el Gran Capitán estaba ya dispuesto para asaltar las alturas de Monte Orlando, que dominaba la plaza de Gaeta, pero antes de que la artillería disparara se presentó un mensajero del marqués de Saluzzo proponiendo la capitulación.
Las tropas francesas se encontraban totalmente desmoralizadas.
Tras la batalla de Garellano y la toma de Gaeta los franceses abandonaron Nápoles.



Terminada la guerra, Fernández de Córdoba gobernó como virrey en Nápoles durante cuatro años, con toda la autoridad de un soberano.
Fue instrumento del envío a España como prisionero en 1504 de César Borgia, hijo del Papa español Alejandro VI (Rodrigo Borgia) para su custodia en Chinchilla.

Pero al escapar éste en 1506 a Navarra , César Borgia perdería la vida en la Batalla de Viana en marzo de 1507.

A la muerte de Isabel la Católica, el rey Fernando se hizo eco de ciertos rumores que acusaban a Fernández de Córdoba de apropiación de fondos de guerra durante el conflicto italiano, lo que unido a los temores de que se hiciese independiente gracias a la gran fama y notoriedad adquiridas, acabó con su destitución del mando, y aunque no está demostrado que le pidiese cuentas, Gonzalo, para justificar que lo que se decía de él no era cierto, presentó unas cuentas (que se conservan en el Archivo General de Simancas) con tal detalle, que han quedado como ejemplo de meticulosidad en la lengua popular.

Sí es cierto, en cambio, que no cumplió los ofrecimientos que le había hecho, pese a sus deseos de volver a Italia. Gonzalo entonces, se retiró a Loja (Granada), donde murió en 1515.

El Gran Capitán fue un genio militar excepcionalmente dotado, que por primera vez manejó combinadamente la infantería, la caballería, y la artillería aprovechándose del apoyo naval.

Supo mover hábilmente a sus tropas y llevar al enemigo al terreno que había elegido como más favorable.



Revolucionó la técnica militar mediante la reorganización de la infantería en coronelías , el embrión de los futuros tercios.
Idolatrado por sus soldados y admirado por todos, tuvo en su popularidad su mayor enemigo.

La combinación de las operaciones de combate permitió a Gonzalo Fernández de Córdoba, en el transcurso de las guerras de Italia, introducir varias reformas sucesivas en el ejército español, que desembocaron en el Tercio.

Gonzalo creó la división con dos coronelías de 6000 infantes cada una, 800 hombres de armas, 800 caballos ligeros y 22 cañones.



Dobló la proporción de arcabuceros, uno por cada cinco infantes, y armó con espadas cortas y lanzas arrojadizas a dos infantes de cada cinco, encargados de deslizarse entre las largas picas de los batallones de esguízaros suizos y lansquenetes y herir al adversario en el vientre.

Dio a la caballería más importancia.
Sustituyó la guerra de choque medieval por la táctica de  defensa y ataque dando preferencia a la infantería.
Gonzalo Fernández de Córdoba facilitó el paso de las columnas fraccionando los batallones en compañías
Adiestró a sus hombres mediante disciplinas rigurosas en un ejército formidable del que decían los franceses después de haber luchado contra él, que «no habían combatido con hombres sino con diablos».

Las Cuentas del Gran Capitán




Aunque puede que no sea más que una leyenda, se cuenta que el rey Fernando el Católico pidió a don Gonzalo cuentas de en qué había gastado el dinero de su reino. Esto habría sido visto por éste como un insulto. De la respuesta hay varias versiones, la más común diría:

"Por picos, palas y azadones, cien millones de ducados; 
por limosnas para que frailes y monjas rezasen por los españoles, ciento cincuenta mil ducados; 
por guantes perfumados para que los soldados no oliesen el hedor de la batalla, doscientos millones de ducados; 
por reponer las campanas averiadas a causa del continuo repicar a victoria, ciento setenta mil ducados; 
y, finalmente, por la paciencia de tener que descender a estas pequeñeces del rey a quien he regalado un reino, cien millones de ducados".

Cierta la anécdota o no, la expresión las cuentas del Gran Capitán han quedado como frase hecha para una relación poco pormenorizada, en la que los elementos que la integran parecen exagerados, o para una explicación pedida por algo a la que no se tiene derecho.

Fue noble, político y militar castellano, duque de Santángelo, Terranova, Andría, Montalto y Sessa, además de caballero de la Orden de Santiago.

Fuentes.- https://cordobapedia.wikanda.es/wiki/Castillo_de_Montilla